HABANA INSIDER: 16 JULIO 2022/

 

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                                LA HABANA, CUBA/ EDICION 1494 ISSN en proceso

                            EDITOR: ABELARDO G. MENA CHICURI  CONTACTO: MENAABELARDO@GMAIL.COM

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         POR UNA NACIÓN SOBERANA E INDEPENDIENTE, SOCIALISTA Y DEMOCRÁTICA, PRÓSPERA Y SOSTENIBLE.

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NECESIDAD URGENTE DE ELIMINAR EL SISTEMA ACTUAL DE COMERCIALZACIÓN:                                                                ERNESTO ESCOBAR SOTO/ MICHEL CORONA: EL 11J Y LOS RETOS DE LA JUVENTUD CUBANA: CUBAENRESUMEN/ “ROBERTO YEPE: EN CUBA, LA PRIORIDAD DEBE SER «ARREGLAR LA ECONOMÍA Y ATENDER LAS DEMANDAS EN TODO LO POSIBLE»: MARTÍN PIQUÉ/ LAS MASAS EN JULIO:  LEYNER JAVIER ORTIZ/A UN AÑO DEL 11 DE JULIO: COMUNISTAS/

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LAS OPINIONES EXPRESADAS EN ESTE BOLETÍN SON RESPONSABILIDAD EXCLUSIVA DE LOS AUTORES. EN EL MISMO SE PUBLICARÁN MATERIALES DE DIFERENTES CORRIENTES DE PENSAMIENTO, EN ARAS DE CONTRIBUIR AL DEBATE REVOLUCIONARIO Y EN FUNCIÓN DE LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO, CONCIENCIA Y EXPRESIÓN.

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                             NECESIDAD URGENTE DE ELIMINAR EL SISTEMA ACTUAL DE COMERCIALZACIÓN

                                                               POR ERNESTO ESCOBAR SOTO, 02/06/2022

1 El Ministerio de Comercio Interior ha puesto en ejecución un absurdo e irracional sistema de ventas del pollo, el aceite el detergente etc, enlazando a varias bodegas con determinados comercios que no están preparados para prestar este servicio.

2 Es muy preocupante que el Mincin no se haya percatado de lo insensato e injusto de este sistema, dado que está afectando directamente a los trabajadores cubanos y tanto a los de la 3ra edad, como a los enfermos, en fin a los decentes que no pueden hacer largas colas desde muy temprano por orden de llegada y por muchas y extenuantes horas, dominados por la incertidumbre de si finalmente podrán adquirir los productos.

3 Este sistema, a diferencia del de la Libreta de abastecimiento, es imposible de controlar y por ello está provocando una enorme corrupción.  Las administraciones de los nuevos centros de venta, los choferes y me atrevo a asegurar que también funcionarios municipales, se están enriqueciendo descarada y desaforadamente con el desvío-robo de estos productos indispensables para el pueblo.

4 Se han enraizado las colas dominadas por los coleros profesionales que han encontrado una forma fácil de vivir sin trabajar. Es normal que un cubano tras un agotador esfuerzo que puede llegar a ser de hasta 10 horas, a veces sin saber si el camión va a venir o no, de pronto la cola se infle con coleros profesionales y en minutos te encuentras al final de la fila.

5 Los coleros revenden sus mercancías con enormes beneficios, contribuyendo a elevar la inflación.

6 Las colas como es lógico dan una fea imagen del socialismo, pero la corrupción, el abuso y la injusticia, provocan a su vez la falta de esperanza y la pérdida de confianza en la Revolución y en sus dirigentes. Muchas veces en las colas al calentarse los ánimos ante tamañas arbitrariedades se critica a la Revolución. 

7 Por lo que he sufrido personalmente, a veces no se nos informa que productos, ni cuándo van a ser vendidos. Al escuchar un rumor, estás obligado a hacer la cola desde muy temprano por orden de llegada.

8 Se podría comprobar cuantas personas realmente y por diferentes razones no han podido comprar estas mercancías, lo que amplía el margen de desvíos de los productos. 

9 Repito que es muy preocupante que una simple encuesta, muestre lo que es un lamento y a su vez un reclamo general de los trabajadores, de los vulnerables, del pueblo decente por que estas mercancías se vendan organizadamente por medio de la Libreta de Abastecimiento en las bodegas y carnicerías, que ahora se pasan casi el mes entero inactivas.

10 Los trabajadores, los vulnerables y el pueblo en general estarían conscientes que los ciclos de venta no serían a corto plazo, pero que siempre sería mejor que ahora cuando muchos no pueden adquirirlos nunca.

11 El Mincin no se comprometería con entregas y plazos y a los productos no se les cambiaría el precio.

12 Tal vez se debía pensar en algunos casos el disminuir el peso o la cantidad de los productos que se venden, para que sea mayor el número de personas que ese pueda beneficiar y más cortos los plazos.

13 Sugiero que si se aprueba la comercialización por medio de la Libreta de abastecimiento, el Mincin organice y controle la venta de estas mercancías para evitar el delito de la misma forma como hizo con  los módulos de las ayudas de solidaridad internacionales.

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                                             MICHEL CORONA: EL 11J Y LOS RETOS DE LA JUVENTUD CUBANA

…»Yo quiero seguir jugando a lo perdido

Yo quiero ser a la zurda más que diestro

Yo quiero hacer un congreso del unido

Yo quiero rezar a fondo un ‘hijo nuestro’

Dirán que paso de moda la locura

Dirán que la gente es mala y no merece

Mas, yo partiré soñando travesuras

Acaso multiplicar panes y peces»…

             El Necio, Silvio Rodríguez

A un año de los sucesos del 11 de julio, Cuba en Resumen conversa con jóvenes cubanos de distintas ciudades para compartir sus análisis, reflexiones y sus miradas desde este presente complejo y la esperanza de futuro.

Michel Torres Corona, es habanero, egresado de la facultad de Derecho de la Universidad de La Habana en el año 2017. Con 29 años ha asumido varios retos. Es director de la Editorial Nuevo Milenio, sus notas se publican en Cubadebate, el mayor sitio web cubano y el periódico Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, de mayor tirada en el país.

Desde que conduce el espacio Con Filo, emitido los martes y jueves por la TV cubana, junto a Gabriela y Ana, dos  jóvenes profesionales de su generación, se ha hecho conocer en toda la Isla. Su forma coloquial, pausada, amena y desenfadada llega no sólo a los jóvenes, sino a los adultos de varias generaciones que esperan martes y jueves lo que traerá Con Filo, con ese estilo propio de Michel y sus compañeras. Ellos logran, en apenas 15 minutos de emisión, poner al desnudo campañas mediáticas perversas contra la Revolución Cubana, reflexionan incluso desde el humor, sobre la agresividad de esta guerra no convencional de nueva generación.

Muchas gracias, Michel por darnos la entrevista.

El 11J fue un intento de golpe blando en el que fueron utilizados delincuentes, sectores lumpen sin vinculación laboral o estudiantil y personas confundidas. ¿Qué precedió al 11J? ¿Qué rol jugaron los medios, las redes y las cuentas falsas? ¿Cuál fue tu reacción?  ¿Qué conclusiones sacas hoy de aquellos hechos?

Lo primero que hay que decir sobre el 11J es que no puede explicarse a la ligera. Ni fue un conato de revolución ni una operación masiva de cambio de régimen: había descontento entre la gente por situaciones objetivas (desabastecimiento, apagones, pandemia) y sobre ese descontento, esa tensión social, se montó el aparato de “agitación y propaganda” de los enemigos del socialismo en Cuba. Y sí, hubo mucho delincuente aprovechando la confusión para cometer fechorías, pero también salieron a la calle personas que, simplemente, se sentían impotentes ante un momento muy complejo que vivía el país.

«Antes, durante y después de esas horas turbulentas se movió a través de los medios contrarrevolucionarios y algunos perfiles en redes sociales (particularmente Twitter) una campaña para agigantar las dificultades y propiciar una respuesta violenta. El #SOSMatanzas primero y luego el #SOSCuba crecieron de manera exponencial, cosa que muy difícilmente se lograra de forma orgánica, y se comenzó a presionar a artistas cubanos y foráneos para que se sumaran.

El objetivo fundamental era romper esa frontera que existe entre el mundo virtual y la realidad, que toda la frustración, todo el odio que contamina las redes digitales se filtrara hacia las calles. Y, por unas horas, lo lograron. Mi reacción fue la de cualquier cubano comprometido con el proceso revolucionario: salir a defenderlo. Por supuesto, ni yo ni ninguna de mis amistades fuimos a golpear o amenazar a los que no pensaban igual que nosotros: solo estábamos armados con alguna que otra bandera. Las piedras, botellas vacías y los insultos fueron, en su mayoría, arrojadas en nuestra dirección, por mucho que ahora intenten revisitar esas manifestaciones como ‘pacíficas’.

Mirando desde la tranquilidad del hoy hacia ese día desafortunado, en el que pudimos ver un adelanto del hipotético futuro de una Cuba sin Revolución, creo que nos toca defendernos más y de mejor manera, en el ámbito mediático. Nos toca organizarnos mejor para que este tipo de cosas no nos sorprenda. Y trabajar para cometer el mínimo de errores, para luchar contra toda forma de desigualdad, porque en ello va la vida de nuestro proyecto socialista y el bienestar de la amplia mayoría del pueblo cubano».

Como joven y abogado, ¿qué opinas sobre las sanciones aplicadas por la Justicia a quienes cometieron delitos contra personas y propiedades estatales?

No puede haber impunidad. Si robaste, si dañaste viviendas o vehículos, si aprovechaste esa situación caótica para agredir a alguien, debes recibir una sanción. De la misma manera, debemos preparar más a nuestras fuerzas del orden, para que sean más eficaces a la hora de controlar estos hechos, sin que tengan que excederse en el uso de la fuerza. Claro, es muy fácil opinar desde la comodidad de un sillón en la casa, y no enfrentándose a una multitud enardecida. Nuestra policía actúa de acuerdo al mandato constitucional de proteger nuestro sistema y la seguridad ciudadana. Todo juicio que hagamos de su actuación debe partir de esa premisa y no debemos trazar falsos paralelismo entre la PNR y otros entes verdaderamente represivos y crueles, de nuestra época pasada o de distintas latitudes del mundo».

Cuáles son los retos de dirigir una de las editoriales más importantes del país como Nuevo Milenio de Ciencias Sociales, en una etapa crítica de la economía  por el recrudecimiento del bloqueo, con un público ávido lector como el cubano, ante la falta de insumos, fundamentalmente papel y materias primas para la impresión gráfica?

Dirigir una editorial siempre es una tarea compleja. Precisa de un esfuerzo administrativo e intelectual para que la rutina no te hunda y se pueda convertir a la institución en un espacio de articulación creadora. El público cubano lector pide, exige mayor calidad y cantidad de títulos, y a veces fallamos al no tener el buen tino de escoger lo mejor para ser publicado. En eso hay que avanzar. Ciertamente, las dificultades económicas por las que transita el país añaden tensión a todo el proceso productivo que existe detrás de un libro, no solo a la hora de la impresión, cuando no hay papel u otros materiales, sino en las propias condiciones de trabajo de editores, diseñadores y demás trabajadores. Pero es un reto bienvenido y peores obstáculos han sido superados en nuestra historia. No nos podemos dar por vencidos ni amedrentarnos».

Tu programa Con Filo, una coproducción con Cubadebate y La Pupila, llega a las 100 emisiones, implica una gran capacidad de trabajo conjunto, mucha lectura y análisis de la información. ¿Cómo preparas cada emisión?

«Detrás de Con Filo hay un equipo pequeño pero muy valioso. Antes de cada grabación, nos sentamos a discutir junto a Iroel Sánchez y Randy Alonso las principales matrices de opinión o polémicas que sobre Cuba y nuestra realidad han circulado en los medios, o noticias que sin ser propiamente del país nos interesan.

Luego, tanto Ana y Gaby como yo escribimos la parte del guion que nos corresponde y a la mañana siguiente, vamos al estudio. La preparación es constante: todo el tiempo debes estar a tono con la “conversación digital” y estar al tanto de cuáles son los principales blancos del bombardeo mediático que ese bien engrasado sistema de medios e “influencers” contrarrevolucionarios nos regala a diario. Es otro gran reto, para el cual tampoco contamos con muchos recursos, pero que enfrentamos convencidos de la necesidad de que la teleaudiencia tenga un espacio para confrontar y cuestionar aquello que consume en internet».

Además de tus responsabilidades al frente de Nuevo Milenio y Con Filo, tu presencia es solicitada en diferentes eventos. ¿A qué dedicas el mayor tiempo de tus días? ¿Hay espacio para el amor?

Constantemente nos están invitando a conversatorios y conferencias y, lógicamente, el tiempo no abunda. Mis días se me escurren entre los dedos, a un ritmo de trabajo que jamás imaginé tener. Ya sea en la editorial, o preparando el programa, o en el estudio, o en cualquier lugar donde nos inviten a dar una charla o simplemente intercambiar con distintos públicos, el gasto de energía y tiempo es considerable. Suelo sentirme cansado pero es parte de las obligaciones y responsabilidades que uno asume. Y sí, para el amor siempre hay tiempo y espacio… o se inventa».

Sigue vigente el antiimperialismo en la juventud cubana? 

No me gusta hablar de la juventud como un bloque homogéneo. Hay jóvenes, muchos más de los que el enemigo quisiera, que han interiorizado al antiimperialismo como componente esencial de la identidad cubana. No se puede ser auténticamente cubano y defender posturas anexionistas o plattistas, menos en el siglo XXI.

Pero ciertamente hay jóvenes, más de los que quisiéramos, que han sido seducidos por la mitología del “american dream”, víctimas de la propaganda hollywoodense, heridos de muerte por el espíritu del consumismo. El Capital ejerce sobre ellos todo su encanto, su poder de sometimiento, y los convierte, gracias a la ignorancia de la que padecen y de nuestras insuficiencias para formarlos debidamente, en replicadores de esos mitos, en seres humanos que no abogan por la solidaridad y la justicia, sino exclusivamente por el beneficio personal. Y no se puede ser antiimperialista cuando se es frívolo o estúpido».

La batalla comunicacional implica nuevos y mayores esfuerzos. ¿Qué hace falta para mejorarla?

Lo principal para mejorar nuestro impacto en esa batalla comunicacional que podemos perder pero que nunca vamos a ganar del todo es la organización. Tenemos que organizarnos mejor para no ser “llaneros solitarios” disparando contra la Armada. Y creo que es importante también entender que siempre vamos a estar en desventaja en el entorno digital.

Las redes sociales, por mucho que se vendan como paradigmas de la libertad de expresión, son productos, regidos por la lógica mercantil de las empresas transnacionales que las crearon y que las desarrollan. Y nosotros ni tenemos el dinero para competir en esa lógica mercantil ni vamos a contar el favor de los dueños de Internet, ese grupo reducido de millonarios que sí tienen muy claros sus intereses de clase y que hallan en la Revolución una fuente de antagonismos irreconciliables, una amenaza al status quo.

Así que, desde el punto de vista táctico, debemos aprovechar el terreno donde somos más fuertes: nuestros medios masivos de comunicación. Dar la batalla en la televisión, en la radio, en la prensa, poner los escasos recursos en función de aquello que da mejores resultados. Y eso no quiere decir que abandonemos el terreno digital, para nada: la batalla hay que darla en todos los frentes, pero con prioridad para los que nos brinde mayores éxitos».

Martí, Fidel, el Che legaron a Cuba y la humanidad el pensamiento y la acción anticolonialista,  antimperialista e internacionalista. Brillaron como oradores, propagandistas, comunicadores y constructores de Cuba Socialista. ¿Qué nos dirían hoy ante la arremetida brutal del imperialismo que pretende devorar su obra?

No sé qué dirían hoy: sé lo que dijeron. Y eso que dijeron en su momento goza hoy de plena vigencia. Desafortunado para la humanidad, que no ha avanzado lo suficiente, pero útil para los que nos empeñamos en que lo haga. Ante esa arremetida imperial, que no ha cesado nunca sino que ha tenido periodos de mayor o menor intensidad, nos tiene que seguir acompañando el juicio de Martí desde sus entrañas, la réplica enérgica y frontal de Fidel, la intransigencia del Che y su “ni tantico así”. Desoír esas lecciones de nuestra historia, ese legado heroico de nuestro pueblo, sería condenar de forma irremediable nuestro futuro».

El presidente cubano Miguel Díaz Canel expresó en la reunión del Consejo Nacional de la Uneac y su cuenta de Twitter este 9 de julio: «Lo que realmente nosotros vamos a festejar como un primer aniversario el 11 de julio, es que el pueblo cubano y la Revolución Cubana desmontaron un golpe vandálico». Ustedes son protagonistas de este triunfo del amor contra el odio. ¿Cómo lo celebrarán en Con Filo?

Nunca me imaginé que iba a llegar a hacer el programa 100 de Con Filo. Pero aquí estamos. Y lo celebraré junto al equipo trabajando. Es (casi) todo lo que sabemos hacer, trabajar para que el programa siga gustando y disgustando, según sea pertinente. El programa 100 será muy especial, por muchas razones, y combinaremos la denuncia de las campañas enemigas con una buena y saludable dosis de autobombo. ¿Por qué no? Nada irrita más a nuestros enemigos que nuestro buen humor. Y luego a seguir trabajando. Nada más».

Sigue siendo válido el mensaje del gran Julius Fucick “Camaradas estad alertas”?

Es un mensaje válido para todos los tiempos. Los que mataron a Fucik, son los mismos que mataron a Víctor Jara, los que asesinaron a Rosa Luxemburgo, los que no entendieron nunca a Martí, los que tratan de satanizar a Fidel y al Che, los que no tienen la sensibilidad para comprender a Cuba, los que solo saben rendir pleitesía al poder y al dinero. Son los enemigos del pueblo, los enemigos de la raza humana, los que por absurda avaricia o por ignorancia están dispuestos a dejar morir al mundo antes que abandonar sus privilegios, los reales o los que imaginan que, de seguir siendo útiles lacayos, tendrán. Frente al auge del fascismo y del fundamentalismo, frente a los coléricos profetas del neoliberalismo, frente a los que tratan de vender lobos como corderos, hay que estar siempre alertas. O terminaremos escribiendo nuestro propio reportaje al pie de la horca».

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                                             EL 11 DE JULIO: UN ANÁLISIS NECESARIO CON MARXLENIN PÉREZ VALDÉS

                                                      POR GRACIELA RAMÍREZ, YAIMI RAVELO, 14 JULIO 2022

http://www.cubadebate.cu/especiales/2022/07/14/el-11-de-julio-un-analisis-necesario-con-marxlenin-perez-valdes/

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EN CUBA, LA PRIORIDAD DEBE SER «ARREGLAR LA ECONOMÍA Y ATENDER LAS DEMANDAS EN TODO LO POSIBLE»

                                                                  POR MARTÍN PIQUÉ, 10-07-2022

ENTREVISTA CON EL POLITÓLOGO Y JURISTA CUBANO ROBERTO YEPE AL CUMPLIRSE ESTE LUNES UN AÑO DE LAS

https://www.telam.com.ar/notas/202207/598117-cuba-prioridad-economia–demandas.html

Para Roberto Yepe, «las personas en Cuba necesitan urgentemente resultados en materia económica».

El gobierno de Cuba debe «tratar de arreglar la economía y atender las demandas de los cubanos en todo lo que sea posible», ya que «eso es lo que está realmente en sus manos», mientras que al «bloqueo, la política estadounidense y los sectores cavernarios de Miami es mejor considerarlos como factores constantes», analizó el politólogo y jurista cubano Roberto Yepe en una entrevista telefónica con Télam desde el barrio Aldabó, en las afueras de La Habana, al cumplirse este lunes un año de las protestas que se iniciaron en San Antonio de los Baños el 11 de julio de 2021.

Yepe definió a esas manifestaciones como «un suceso bastante inédito» para la historia reciente de la isla, porque fue un proceso que «surgió realmente muy rápido y sin que eso implique un juicio de valor de ningún tipo hay que reconocer que acabó bastante rápido», mientras que al repasar los reclamos que se expresaban en las calles dijo que la principal demanda estaba ligada a la economía y sigue vigente, dado que «las personas en Cuba necesitan urgentemente resultados en materia económica», reiteró.

En diálogo desde su lugar de residencia, en el municipio Boyeros de la capital cubana, Yepe analizó también la relación entre Washington y La Habana, un tema que estudió largamente y del que se convirtió en un especialista, lo que lo llevó a concluir que la administración de Miguel Díaz-Canel debe priorizar «en lo que realmente está en sus manos» para mejorar la situación económica ya que Cuba seguirá coexistiendo por años con el bloqueo estadounidense y los sectores intransigentes de Miami «hasta que podamos tener nuevamente otro (Barack) Obama, pero parece más probable que primero tendremos otro (Donald) Trump».

Yepe se graduó en Relaciones Políticas Internacionales y Derecho, cuenta con un máster en administración de negocios y fue docente en el Instituto de Relaciones Internacionales de Cuba y en la Academia Diplomática de El Salvador, donde se forman los diplomáticos de ambos países -un espacio similar al Instituto del Servicio Exterior (Isen) de Argentina-; desde hace tiempo escribe artículos para medios locales e internacionales al tiempo que sostiene su propio blog.

En el plano personal, Argentina tiene una presencia importante en su biografía porque su madre, la poeta de ascendencia griega Basilia Papastamatíu, nació en Buenos Aires aunque en 1969 se establecería en La Habana, una historia que a Yepe le dejó un cariño especial por el país natal de la mujer que lo dio a luz, al que calificó como «entrañable» tras asociarlo inevitablemente con el Che, Maradona, Gardel y con «los alfajores, esa maravilla que inventaron ustedes».

Télam: ¿Cuál es su balance del año que se cumplen de las protestas de julio de 2021?

Roberto Yepe: Fueron acontecimientos inéditos, para nada usuales en Cuba, porque realmente sí hubo protesta, y junto a la protesta también ocurrieron disturbios o elementos delincuenciales que se aprovecharon de la situación. Hubo también una protesta pacífica, genuina. Recuerdo que el presidente cubano (por Miguel Díaz-Canel) lo reconoció inmediatamente en su momento, durante las intervenciones iniciales, cuando empezó por San Antonio de los Baños.

En esa fecha en Cuba ocurrió una tormenta perfecta. Una combinación de descontento de muchos años de crisis económica que a la vez coincidió con un momento en el que parecía que la pandemia se iba de control. Y todo eso se combina con el hecho de que con la pandemia estaba cerrada la emigración. Esa acumulación de circunstancias explica lo que sucedió. Hubo un temor en materia económica, por muchos años de inmovilismo, de malas decisiones. Esa explosión de descontento estuvo además estimulada por las redes sociales, con fenómenos que conocemos del mundo entero. Para Cuba fue un suceso bastante inédito, que surgió muy rápido y también -y sin que esto implique un juicio de valor de ningún tipo- acabó bastante rápido.

No fue la primavera árabe, digamos.

Eso no quiere decir en modo alguno que ahora mismo no existan tensiones sociales importantes, porque muchas de las cuestiones de fondo que provocaron lo del 11 de julio permanecen. Hoy en Cuba la pandemia está bastante controlada, es el único país de Latinoamérica que creó cinco vacunas propias. Y actualmente sí está funcionando la vía de escape inmigratorio. Son elementos que aflojan la tensión. Pero un tema de fondo es sobre todo la crisis económica.

Cuáles son los principales problemas de esa crisis?

Los problemas internos, las insuficiencias o los errores y problemas de origen del sistema económico cubano, más el bloqueo estadounidense, que es una realidad innegable, que dura más de 60 años, no tiene paralelos históricos en el mundo, se recrudeció mucho con el gobierno de Trump y al que el gobierno de Biden no cambió en lo más mínimo. Con las novedades que introdujo Trump para fortalecer más el bloqueo se creó una situación de acoso, con la persecución a cualquier barco que llegara a Cuba a traer alimentos o combustible. Eso viene desde el año ’95, con la ley Torricelli.

En plena pandemia, hubo persecución a cualquier operación cubana para traer materiales, oxígeno, medicamentos o material médico. El bloqueo es un cerco económico que tiene como objetivo lograr que el sistema político cubano colapse de la peor manera posible. Que funcione como escarmiento para todos los tiempos, de que adoptar un camino independiente de EEUU tiene un precio muy alto, impagable.

El bloqueo es algo con lo que ya Cuba tiene que lidiar, desgraciadamente, como un factor constante. Por otro lado, yo soy consciente y estoy de acuerdo en que en el discurso oficial, en los medios oficiales cubanos, hay un uso y quizás un abuso al ponerle al bloqueo como causa a cualquier problema. Eso hace que la denuncia de ese fenómeno, que es real, pierda efectividad y credibilidad.

En el período de Obama, estuvo durante un tiempo John Kerry como secretario de Estado, un irlandés y católico, como también Biden. Y en ese momento es que el papa Francisco viaja a los dos países y se inicia un descongelamiento histórico de las relaciones entre EEUU y Cuba. ¿En qué quedó todo eso?

Fue un descongelamiento muy efímero, desgraciadamente. Se anunció en diciembre de 2014 y duró hasta que terminó el mandato de Obama, en enero de 2017. Dos años y un poquito más. Durante ese breve período la economía cubana se animó bastante. Los intercambios de todo tipo -científico, tecnológicos, culturales- se incrementaron muchísimo. Y se ordenó mucho el tema de la emigración. Lamentablemente, el gobierno actual (de EEUU), aunque el presidente (por Biden) haya sido vice de Obama, no ha movido nada para retomar todo eso.

Influyó en esta situación el peso político de la comunidad cubana de la Florida?

Es un factor importante pero quiero decir que no está demostrado científicamente que los cubanos que abogan por recrudecer y ser hostiles hacia Cuba sean determinantes electoralmente. De hecho, Obama siempre ganó en la Florida las elecciones y lo ganó con otro enfoque. Esa interpretación es muy interesada, muy conveniente para un buen manipulador.

Los cubanos estudian mucho a EEUU y por obvias razones EEUU también estudia y está muy atento a Cuba. Se hablado mucho de las 90 millas que separan ambos países. ¿Cómo analiza esa relación, casi de enemigos íntimos?

Es una relación muy compleja de adversarios políticos actualmente, pero entre las dos sociedades es una relación mucho más profunda que eso. Es como una relación amor-odio, sin duda, también. Y no se puede desconocer que hay más de un millón de cubanos o de origen cubano viviendo en EEUU. Entonces, indudablemente, hay una interrelación, una interdependencia social.

Cuba se convirtió en una economía de monoproducción volcada a los servicios, en particular al turismo? Porque esa estructura económica resultó muy vulnerable a la pandemia.

Sí, la pandemia afectó de manera brutal al turismo, que es un sector importante aunque no creo -y esto quizá sea una opinión minoritaria- que sea estratégicamente bueno para Cuba. Pero yo no diría que la economía sea tan monoproductora como quizás lo fue en un tiempo con el azúcar. Hay una importante producción de níquel, que ha tenido problemas, pero es una importantísima fuente de ingresos también.

Hay una diversificación en algunos sectores que son más o menos competitivos, como en la exportación significativa de medicamentos. Cuba es el único país latinoaméricano que logró vacunas autóctonas contra la Covid-19, pero en general esos factores no son suficientes para sacar a la economía cubana de la crisis del turismo.

Sobre todo, la pandemia tuvo un impacto muy negativo porque sí es una importante fuente de ingreso para las personas: en ese sentido tuvo un impacto muy, muy negativa. Aunque si me preguntaras mi preferencia, yo preferiría orientar la economía a actividades que ofrezcan más valor agregado, mayor desarrollo industrial, productivo, material, para que el turismo tuviera un peso porcentual relativo del PIB mucho menor. El problema de la economía cubana es que está en una crisis sistémica de manera integral.

Para el politólogo y jurista Roberto Yepe, «el mejor retrato y la mejor interpretación que se hizo del 11 de julio la hizo (el escritor cubano Leonardo) Padura, justo al calor de los acontecimientos». Se refería a «Un alarido», un texto sobre las protestas del año pasado que dijo haber releído antes de conceder la entrevista con Télam y que definió como un artículo que «mantiene una vigencia total».

Con la mención al autor de la novela «El hombre que amaba los perros», Yepe insistió en que el Estado cubano debe priorizar la búsqueda de respuestas para las demandas sociales vinculadas a la economía.

En ese punto, planteó que la coexistencia entre lo estatal y lo privado «se ha demorado muchísimo en la implementación» y criticó que en las disposiciones normativas sobre la actividad económica se utilice la expresión «sector no estatal» para referirse a los emprendimientos privados.

«Eso denota una resistencia a lo privado. Y aunque se han adoptado medidas en Cuba, porque todos los días se aprueban decenas y cientos de MiPymes, todavía no se ve el efecto práctico de eso, porque mayormente esas empresas ya existían: antes, de manera eufemística, se las llamaba trabajadores por cuenta propia», observó.

Yepe, quien escribe para el portal OnCuba, contó por otro lado que no quiso ver la película «La Red Avispa», del cineasta francés Olivier Assayas, en la que se narra con recursos de la ficción la historia de los cinco cubanos que simularon emigrar a EEUU para prevenir a la isla sobre las acciones de «los sectores extremistas radicados en La Florida que se han dedicado el terrorismo».

«Muchísimos participamos de una forma u otra en buscar y pedir por la liberación de ellos, porque realmente era lo justo, era una causa justa», dijo a Télam, y remarcó que la estrategia de colocar explosivos en los hoteles de Cuba fue planificada por Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, a quienes ubicó entre «los mayores terroristas del hemisferio occidental».

«Afortunadamente, no ocurrieron muchas víctimas fatales, pero está el caso de Favio (Di Celmo), un turista italiano que perdió la vida y cuyo padre dedicó toda su vida, hasta su muerte hace algunos años, a denunciar este tipo de hechos», recordó.

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                                                                                    LAS MASAS EN JULIO.

                                                                                 POR LEYNER JAVIER ORTIZ

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En crisis cambian las cosas. Cambia lo legítimo y el conocimiento sobre lo social. El conjunto de un determinado horizonte cambia. De súbito, se suspenden las mediaciones hegemónicas y se devela una verdad conflictiva en el fondo de la sociedad. Encuentro aterrador aquel de la sociedad consigo misma. Y ante el conflicto que se vislumbra como límite, se le enfrenta de repente un afán de rebasamiento, de conquista, como si toda la historia se condensara un día sobre las apetencias de la gente. El 11 de julio de 2021 fue, por cierto, también una crisis. ¿Qué se debe decir hoy sobre aquella jornada crítica, sobre el fondo social que se echó a ver?

Hay que comenzar por lo obvio: que Cuba ha sido siempre, y no solo a partir de la crisis de los noventa, una sociedad heterogénea. Sucede, no obstante, que en la memoria de los setenta y ochenta se privilegia una homogeneidad que borra las distinciones reales. En lo que nos ocupa, no dejó de existir en la Cuba posterior a la estatización de pequeños negocios del 1968 un amplio y resiliente sector privado, no solo asentado en el campesinado legal, sino en redes clandestinas de comercio.

Lo distintivo era quizás la manera en que este circuito de intercambio mercantil dependía del Estado: en la escasez de productos estatales y en los límites de su poder estaba su nicho de acción. Lo que sucede a partir de los noventa es que este sector se autonomiza a partir de un proceso doble: por un lado, se repliega la autoridad moral y el alcance efectivo del poder estatal; por otro, se amplían los bolsones de economía mercantil de reproducción simple.

Podemos hablar, a partir de los noventa, de tres circuitos superpuestos, conectados de manera deficiente y jerárquica. En la cúspide un circuito minoritario, la llamada economía mixta, en la práctica concesiones estatales al capital transnacional en un pacto doble con empresarios y obreros: a los primeros les garantiza la disciplinada super-explotación obrera, a los segundos les garantiza la estabilidad fordista del empleo.

En el intermedio, la economía estatal, el circuito mayor, con varios niveles de producción de riqueza, sitio del acuerdo paternalista y benefactor clásico entre obreros y Estado: estabilidad de empleo, contrato colectivo, fondo de jubilación, derechos sociales asociados como la educación y la salud gratuitos, estabilidad en los precios de productos básicos, prohibición del despido, jornada de ocho horas, entre otros. Desde el punto de vista cultural, no hay antagonismos de peso entre estos dos circuitos, por lo que tienden a fusionarse en una única forma de autopercepción. Y, en el fondo, el circuito de economía mercantil tendiente a la reproducción simple, con varios niveles internos de acumulación pero carentes del empuje de los grandes capitales.

Autonomía significa aquí, en breves palabras, que las personas reproducen el grueso de sus vidas en el marco exclusivo de estos circuitos, aunque siempre hay intercambios entre estos bajo diversas modalidades y con variable intensidad. Esta superposición de economías en que existe Cuba genera distorsiones increíbles por sí sola, y máxime cuando no es conocida en cuanto tal. Si el pensamiento supone a la economía como un sistema unificado encontrará una barrera difícil de traspasar en su aplicación práctica.

El barroco social que describimos tiene fuerte relación con el proceso de repliegue estatal. Mas ocurre que antes del repliegue hubo una expansión derivada del impulso del 1959. Hablamos de dos procesos profundamente violentos. El surgimiento de un Estado como el del 59, que se irrigaba con las potencias de la revolución, provocó enormes transformaciones en la sociedad. En breve tiempo un único poder jerárquico centralizado se expandía sobre todo el conjunto social. La burocracia se volvió una fragua nacional en donde se equiparaban todas las clases, todos los oficios, todas las pieles, en una única estructura general, en un ejército, en una escuela.

La igualdad, mediada por la jerarquía, alcanzaba a ser más igualitaria en la medida en que el poder más alto era, a la vez, el poder más democrático. La sociedad incorporó rutinas y ritualidades en su cotidianidad, se ordenó el conjunto de la vida de acuerdo a planes y disposiciones, se vislumbraba un futuro certero y un pasado acumulado y valioso para el porvenir. Y claro, se disciplinaron duramente los cuerpos, se les impuso normas rígidas y un tiempo que, aunque siempre en transición, tenía la textura de la eternidad.

Era, el Estado, un instrumento para ser en el mundo, mantener algo se soberanía en un entorno tan agresivo hacia los pequeños y pobres, tan plagado de inciertos aliados y peligrosísimos enemigos. Era un medio para ser nación a lo interno de Cuba, para amasar toda la densidad del país en una única intensidad. Pero los medios trastocan en fines y el Estado instrumental se vuelve finalidad, coarta la imaginación y restringe el accionar en normativas técnicas. La realización estatal de la cubanidad desde 1959 tuvo tales potencias y tales límites.

Si la expansión del Estado del 59 fue violenta, su repliegue no lo fue en menor medida. Tal repliegue fue, en rigor, nada menos que un desgajo masivo. Gentes desarraigadas de una materialidad estatal y una idealidad moderna que han probado ya no ser válidas ante ellas, al no ser capaces de garantizarle la reproducción de sus vidas, se vieron forzadas a lanzarse a las fauces del mercado. Era, para ellas, el colapso de un orden simbólico.

«Rotos y perdidos», diría Fernando Ortiz, fluyen al mercado en «desajuste y reajuste» permanentes, en perenne inestabilidad. [1] Allí, en este registro jerárquico descentralizado, mediado por la acumulación de capitales, se forjó también la nación cubana. Dejar en vacancia un espíritu para que asimile otra norma es sin duda un proceso traumático. Transitan hacia el desorden, ven el futuro con gran dificultad y la narración de vida, tan flexible, termina por ser enrevesada y opaca. La jerarquía, el prestigio, el valor, para muchos todo ello depende ahora en gran medida del dinero. Lo simbólico y lo comunitario se constriñen a espacios casi marginales.

Lo interesante de este repliegue estatal no es su causa en el escaso financiamiento, sino un pensamiento de Estado que privilegia ciertos frentes y se permite abandonar otros. No obstante, el privilegio de los frentes que conservan la presencia estatal, a saber, los circuitos de economía estatal y mixta, tiene que ver no solo con la voluntad del Estado sino con la capacidad de tales sectores de forzarlo a estar presente; y la vulnerabilidad de otros, a saber el circuito mercantil simple, para convocarlo en su favor. La vasta capilaridad de determinadas instituciones del Estado y dimensiones de la hegemonía son los factores de poder que sostienen la unidad cubana en un único registro jerárquico.

Nos ocupa, pues, la existencia autónoma del circuito del fondo, el de reproducción simple, al cual muchos llaman marginal [2] y la manera en que, a pesar de su relativa separación del resto, transforma en lo profundo la subjetividad nacional. ¿De qué demografía sectorial hablamos?

Los Anuarios Estadísticos tienen un fuerte sesgo estatal, por lo cual las categorías que usan para «cuantificar» la realidad cubana inevitablemente falsean y disminuyen las cifras del sector mercantil simple.[3] En todo caso, según el Anuario de 2020, de los 4.643.800 «ocupados», 1.017.300 pertenecen al sector «privado».[4] Debemos asumir que, entre el millón de «amas de casa» de las cuales muchas participan de pequeños negocios y los 66 mil «desocupados» que de seguro algo tendrán que hacer para «ganarse los frijoles», son en realidad unos cuantos miles más.

A tal cifra se llega luego de progresivos incrementos desde los noventa. Hablamos en todo caso de al menos un 22 por ciento del total de «ocupados» cuyos empleos sostienen la reproducción de familias, es decir, sus efectos se desbordan con seguridad sobre un amplio entramado intergeneracional, más allá de los individuos. Dice el Anuario, en resumen, que el 9 por ciento de la población cubana se «ocupa» en los predios de este circuito. En verdad son más.

Desde el punto de vista clasista se trata, primero, de un proletariado, urbano en su mayoría, que vende su fuerza de trabajo en variadísimas formas; es también un campesinado privado estratificado — desde los que se autoemplean hasta los que pueden contratar obreros agrícolas — y una pequeña burguesía urbana con similar grado de estratificación: desde el cuentapropismo estable hasta los patrones «macetas» . Entre las tres clases sociales prima, en potencia cultural y acumulación de capitales de diverso tipo, la pequeña y mediana burguesía de las ciudades, asociada tanto a la industria de pequeña y mediana escala como al comercio, la banca, el sector inmobiliario, la gastronomía y los bienes suntuarios, también en tales escalas.

Por qué entonces, ante tamaña anchura y alcance, este pareciera un sector ausente, que nos llega solo en la visión lujosa de restaurantes o en canciones de reguetón? El horizonte de visibilidad [5] de este sector social tiene que ver con las distancias y exclusiones que le impone el Estado y sus sectores sociales validados, pero también con la manera en que el circuito mismo, es decir, sus gentes en interrelación social logran autopercibirse.

Todo parte de un sentido real de autonomía. Incluso con capacidades propias y precarias de importar, de producir industrialmente, de garantizar una vasta infraestructura de comercialización, el circuito mercantil simple posee una relativa independencia con respecto a la economía estatal.

A esta separación verificable se suma una fuerte fragmentación interna que opera en tres niveles: primero, como un archipiélago de empresas [6] de pequeñas dimensiones; luego, como un «archipiélago de actividades» económicas que constituyen a estas empresas fugaces,[7] muchas veces carentes de local incluso; y, por último, como un archipiélago de familias, unidades básicas de consumo. Se trata de un ambiente sumido además en variadas formas de empleo asociadas a la irregularidad del mercado de reproducción simple: el cuentapropismo — o autoempleo, la contratación individual sin garantías, la subcontratación, el trabajo por obras, la venta ambulante, entre otros.

Al nivel de fragmentación de la vida social debe agregársele otro rasgo distintivo de este circuito: el cambiadizo corto plazo. En efecto, en este circuito todo cambia constantemente, nada es estable, ni las empresas, ni los empleos, ni las leyes y, por tanto, tampoco las vidas, las narraciones y proyectos. Los despidos, las bancarrotas, las alzas y bajas se suceden con acelerada irregularidad, con pocas posibilidades de previsión.

Lo importante pues, no es controlar el cambio sino ser capaz de adaptarse a él. Esto es lo mismo que incorporar el riesgo y la incertidumbre como normalidad en las vidas. Si el largo plazo colapsa en este circuito por el impulso cambiadizo de las cosas, lo único duradero y estable en él es la propia consecución obsesiva de los cambios. [8]

El ambiente económico al que aludimos se acopla, casi con el rigor de un manual, a lo que se entiende como neoliberalismo. En efecto, aunque sea un mercado acotado, y muchas veces asediado por las cambiantes regulaciones del Estado y las dificultades en su relación con el mercado mundial provenientes del bloqueo estadounidense, no deja de reproducir lo esencial de esta manera neoliberal de pensar la vida.

Opera en este circuito, como rasgo distintivo, la superexplotación característica del capitalismo en las formaciones dependientes. Entendida como la «caída de los precios de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, esto es, del necesario para su reproducción física y moral» [9] su efecto en Cuba se ve limitado por obra y gracia del Estado del 59 y las conquistas sociales universales que sostiene.

Como todo proceso económico expansivo, este circuito genera sus propios aburguesamientos y proletarizaciones. Burgueses, los patrones de este reino, que simulan «decencia» para ocultar su riqueza, recelan de todo y de todos, tienen gran orgullo de sus éxitos privados, ganados a golpe de «sacrificios», poseen bienes de lujo como marca de clase, son distantes del traje y la corbata y en apariencia iguales a sus obreros, la pequeñez de sus negocios es correlativa a su potencia intelectual.

Proletariado, el de este circuito, ajeno a las grandes concentraciones técnico-productivas y las industrias colosales del siglo XX, sumido en la pequeña escala, a veces se autoemplea y, cuando es empleado, no participa de asociaciones generales ni se organiza en sindicatos, cambia de oficio como cambia de ropa y, por tanto, cambia también sus relaciones sociales con facilidad, la estabilidad es para él un mito de los abuelos. No le falta heroicidad a este proletariado, cuya imaginación de la forma sindical es completamente capturada por la CTC de Estado, pero le sobra precariedad y desamparo.

Un efecto crucial de este régimen de vida flexible es la conformación de identidades fluidas. Identidades de todo tipo — laborales, culturales, de clase, etcétera — encuentran gran dificultad para cuajar en virtud de la constante transformación del ambiente y su existencia por pedazos. Esto determina relaciones sociales fugaces, en las que la lealtad y el compromiso son excepciones que confirman la regla. [10]

Mas «‘[f]luido’ puede querer decir adaptable; pero en otra línea de asociaciones, fluido también implica facilidad, el movimiento fluido requiere que no haya impedimentos» [11] Impedimentos son las identidades estables, las regulaciones estatales, las organizaciones obreras; su inexistencia es condición sine qua non de la fluidez. No obstante, en medio de esta absoluta flexibilidad, las gentes logran anclajes emotivos y políticos de carácter corporativo y territorial en su mayoría. [12]

Lo corporativo no remite aquí a una asociación gremial sino, ante todo, a una determinada extensión de las redes mercantiles amigables, es decir, el espacio en el que se mueve, por conocimiento y experticia, el obrero o patrón en cuestión; es, por consiguiente, una configuración corporativa del territorio a la cual se adhiere un cierto afecto ideológico.

El repliegue — nunca abandono — estatal es vía de avance para este proceso. Sitio de intervención fugaz, este circuito, para la legislación y control estatales y, por consiguiente, para su legitimidad. No solo es bajo su poder, sus recursos fiscales, su capacidad para distribuir beneficios o prestar servicios [13] también es bajo, en consecuencia, su nivel de convencimiento, su capacidad comunicativa, su destreza política y la posibilidad de pactar a partir de prebendas. Campea aquí la impunidad criminal de diverso grado, escasean los beneficios sociales que en la «sociedad decente» son normales, se entroniza, en fin, como peor y ampliamente verificado efecto, la desigualdad social.

Que el Estado sancione este régimen precario de vida como responsabilidad de las personas al desaprovechar las oportunidades que él brinda es, por supuesto, un acto de delirio. Es sabido que el Estado sintetiza la sociedad, pero síntesis no es reunión de todo lo presente sino, en lo fundamental, de la parte social con efecto estatal, con capacidad de interpelar al Estado. Es sabido que todo Estado se afinca en determinada base social.

La del Estado del 59 es la sociedad más o menos estatizada que pervive en parcial separación del sector mercantil simple. Ser de este pedazo de sociedad, en consecuencia, otorga per se mayores ventajas en las relaciones que deban ser mediadas por el Estado, y esto compete a la carrera política, los trámites burocráticos, la educación, la salud, etcétera. Ser de la sociedad «decente» otorga una especie de «capital simbólico» superior al que poseen los que viven en la sociedad «indecente».

Este es el tipo de capital que el Estado consume y busca cuando entabla relaciones con las gentes. Quien no pertenezca al registro de la moral judeocristiana en las relaciones familiares, al paradigma de la modernidad occidental industrial y a la racionalidad burocrática del Estado no podrá moverse con fluidez en el campo estatal [14].

Esto condiciona un cierto desprecio hacia el Estado. Dado que no les reporta una seguridad efectiva, y muchas veces incorpora grados de irregularidad normativa a sus negocios, para ellos no es problemática en el fondo la idea de una desaparición del Estado, puesto que ellos existen ya en un relativo vacío institucional.

Se perciben como unidades autónomas, el vínculo comunitario a diversas escalas siempre les sugiere recelo o rechazo. No demandan, por tanto, el retorno del Estado; por el contrario, su ausencia relativa es procesada como algo positivo. La vida sin formalidades inservibles, sin adhesiones eternas, sin el imperativo incómodo de la lealtad, sin reglas impersonales, todo ello es visto como un régimen de libertad; en realidad, una libertad pasiva que abre el camino a la reproducción homogeneizante de los modos de vida neoliberales, donde el conservadurismo social y el individualismo familiar mandan.

Entramos, en definitiva, a un terreno en que se mezclan, en conflictiva correlación y en un único registro cultural, dos formas de relacionarse con el mundo y en el mundo. La nación actual es, en efecto, totalidad cultural en permanente transculturación, en «trance doloroso» [15] es nacionalización en proceso. La interacción entre estos dos modos sociales se mueve en el registro de la catástrofe o, para ganar en precisión, en la superposición desarticulada o caótica de las cosas.

Las afiliaciones se disputan en desconexión profunda. Las identidades de largo plazo, más rígidas y abstractas, se dislocan de las afiliaciones del corto plazo, flexibles y concretas, de forma tal que resulta difícil amasarlas en una afiliación única. En consecuencia, los controles más radicales se empatan con el más relajado desparpajo social.

La disciplina de la sociedad, es decir, su estatalidad, se diluye por debilidad de los poderes jerárquicos. Las rutinas escalan a lo abstracto y se trastocan en rituales. La burocracia se vuelve una institución alejada de la vida diaria, pero es atravesada en lo profundo por las tendencias mercantilistas más clientelares. La permisibilidad de los controles, resultado de su incapacidad, solo conoce el límite de lo estatalmente validado: en contra del poder ningún desparpajo.

Mientras, la unidad existe como una entelequia frente a la verificable y abrumadora fragmentación social. Si la reproducción de la vida es un único proceso, este se encuentra partido en diversas porciones no interdependientes entre sí. Si en su presente la realidad social que nos compete se une solo en la superposición de los fragmentos, en su devenir y en su proyección futura, el tiempo cambiadizo y discontinuo del corto plazo se empata con un tiempo más durable de extraña consistencia.

Los cambios parecen pertenecer por completo al terreno de lo provisional, pero su permanencia en el tiempo sugiere que la provisionalidad es una forma de larga duración. La transición permanente de un estado a otro pareciera ser el único estado eterno del ser. Sucede que tal percepción de eternidad en realidad pisa un suelo cenagoso, presto a tragarse el cambio en cualquier momento; la larga duración termina por ser un registro precario y flexible también. Nada cuaja, en definitiva, aunque siempre parece que ya ha cuajado. No hay una elección consciente en esta mezcla, es un ajiaco que se cocina a sí mismo.

Lo que pretendo demostrar en lo que sigue es que el modo de vida mercantil simple es la parte que se impuso a lo largo del ciclo de protestas sociales abierto por los sucesos del 27 de noviembre de 2020, punteado de forma catastrófica por el levantamiento del 11 de julio de 2021 y clausurado, provisionalmente, en el fracaso de la marcha del 15 de noviembre del mismo año.

Poco importa en realidad que los protagonistas de esos hechos provinieran o no de este circuito de reproducción de la vida, lo determinante es que su inconsciente político se impuso y terminó «dictando» la lógica de los acontecimientos. En lo inmediato debemos pues preguntarnos por los motivos que desencadenan la irrupción inaudita de la protesta pública en Cuba como recurso de autodeterminación a partir del año 2020.

Estructuras y actos de movilización social

El Estado del 59 se constituyó en formas nuevas de movilización que se fueron condensando en su devenir. La movilización política, ya tradicional en Cuba, opera a partir de una convocatoria central que luego se disemina a las llamadas organizaciones políticas y de masas, su sociedad civil. No hay atisbo aquí de convocatoria desde abajo, es siempre un mandato superior.

La parte más espectacular de estas movilizaciones ocurría con rutina en fechas puntuales, como el 1ro de mayo. La lógica estatal de estas convocatorias desplaza la fuente de poder de la sociedad civil convocada hacia la autoridad de la «máxima dirección» del Estado. En todo caso, este tipo de movilizaciones estaban en franco retroceso desde antes de la pandemia. El arribo de la Covid-19 a Cuba las suspendió en amplio grado. Se inventaron, en su lugar, otras formas sustentadas, esta vez, más en el voluntariado y menos en las presiones desde las cadenas de mando. Sus ejemplos fueron el trabajo en los Sistemas de Atención a la Familia, los Centros de Aislamiento, los Ensayos Clínicos para los candidatos vacunales cubanos, entre otras «tareas de impacto».

Como es de suponer, este estrecho repertorio de movilizaciones compete a la parte estatal de la sociedad. Mientras acontecía la pandemia y las formas de movilización tradicional mutaban y se reducían, en los intersticios pero a plena luz del sol, acontecía una movilización social masiva y capilar, capaz de alcanzar a la sociedad en su conjunto y condensarla en un único proceso simultáneo. Desatadas a partir de la notable escasez de productos básicos que se derivó de la crisis pandémica, las colas constituyen, en efecto, la forma de movilización social primaria en Cuba para este tiempo.

Todo el que viva la experiencia de una cola en la actualidad sabe bien que está presenciando un micro-estallido social en potencia. Las colas son, en primer lugar, espacios de existencia contingente. Este tipo de movilización tiene un motivo puntual: adquirir un producto básico. Para ello la gente, de conjunto con las autoridades de la tienda y la policía, se organizan por «orden de llegada».

Como es de suponer, los primeros puestos son los más disputados y, casi siempre, son objeto de mercadeo por parte de los coleros, el negocio precario específico a las colas, que cae usualmente en manos de personas provenientes del circuito mercantil, diestros en estos menesteres de inventar un negocio de la nada y sostenerlo en la más absoluta precariedad.

La prontitud y simpleza del propósito — obtener la mercancía — se contrapone al tiempo de espera; es este un tiempo extendido, dilatado, pero no vaciado, sino pletórico de sorpresivos conflictos que generan grandes cuotas de angustia e incertidumbre.

Tales incomodidades se deben no solo a que pudiera terminarse la mercancía en cualquier momento, sino a que en la entrada pastosa de personas a la tienda la organización se tensa y se provocan conflictos de diversa intensidad, sea porque las autoridades se corrompen y cuelan personas, sea porque los coleros exceden el límite de lo aceptable en su mercadeo, sea porque la confusión prima entre las gentes y las autoridades no logran poner orden alguno. No les preocupa a las personas el dinero en rigor, es decir, este se devalúa simbólicamente. Importa poder adquirir el producto, no el dinero a gastar.

Una cola es también una multitud más o menos compacta de personas orientada hacia un único objetivo. No constituyen, no obstante, una masa, pues cada individuo recela del otro, se encuentran en competición perenne por la obtención del producto. Pero son una multitud, en fin, extendida a todo lo largo del país, de manera simultánea, con regularidad diaria y con una intensidad micro-local y grupal considerable. Multitud que, por demás, se encuentra siempre en ocupación: ocupación de la calle, es decir, el espacio público, barricada de personas que entorpece el tráfico, aglomeración de cuerpos que asusta a cualquier fuerza policial.

Con razón resultan las autoridades de comercio y policía incapaces de controlar y ordenar. Nunca una cola es disciplinada, no se puede mantener ni el ritmo ni la concordia. No ayudan los métodos policiales, su estrategia de comunicar lo menos posible, de alejar a las personas de la entrada y corromperse a diversa escala, solo refuerza el natural recelo de los que esperan bajo el sol. Basta tan solo un exceso de parte de las autoridades para que ante estas personas se diluya en un instante toda su legitimidad.

En efecto, hay entre la movilización de una cola y un acto de protesta pública una fina línea, a veces imperceptible. No obstante, el trance de un registro a otro es violento e impredecible. Aunque todas las condiciones estén dadas, el imperativo de lo político solo puede brotar de sí mismo.

Por demás, nadie recurre a la protesta como primer recurso. Se supone que existan una serie de mediaciones institucionales y simbólicas que canalicen y contengan, en paralela simultaneidad, los anhelos y frustraciones de las gentes. La hegemonía posee, por demás, el recurso de la incorporación más o menos electiva, es decir, la capacidad de engullir y procesar demandas o personas de diversa tendencia política pero fundamentales, funcionales, aceptables o tolerables al Estado.

El recurso más desenfadado a la protesta en Cuba responde, por consiguiente, a una fisura doble: por un lado, las mediaciones en distintas ramas y niveles — es decir, la sociedad civil — se encuentran en crisis; por otro, la hegemonía adopta una forma de encierre que cancela o entorpece en grado notable los procedimientos de incorporación.

En tales circunstancias, la cola se puede entender como una mediación en cierto sentido. Por un lado, contiene las apetencias de la gente en el objetivo pedestre de la obtención de la mercancía; por otro, canaliza sus incomodidades en las autoridades inmediatas y entre los otros miembros de la cola. No obstante, esta suerte de disciplina o costumbre social tiene efectos prácticos sobre la visión de las incapacidades y debilidades del poder y de las potencias no explotadas de los grupos humanos. En buena medida, el equilibrio inestable de una cola es la posición intermedia entre el silencio social y el bullicio de la protesta.

En lo que respecta a la protesta política explícita, nadie pudiera decir que el llamado Movimiento San Isidro fuera el inicio de nada más que un murmullo incómodo que lo tomaba, ante todo, como excusa. El argumento de la huelga de hambre era astuto aunque torpemente sostenido, y podría haber convocado a movilización.

Al poco tiempo de detenidos los contados «huelguistas», no fue una movilización lo que se desató sino una ocupación. Sectores cercanos y pertenecientes al gremio de artistas, el mismo de algunos de los detenidos, se congregaron hasta llegar a los cientos frente a la institución de Estado encargada de atenderlos, el Ministerio de Cultura, el 27 de noviembre de 2020. Curioso proceder este, en que el gremio ocupa la calle de enfrente de su ministerio, como si no tuviera otro lugar de pertenencia que ocupar, espacios suyos desde los cuales lanzar protesta.

En efecto, se trata de sectores que, si bien intelectuales, debaten su existencia en el (des)orden flexible del circuito mercantil. A diferencia de protestas menores previas donde se apelaba a niveles intermedios y locales de la jerarquía estatal, los ocupantes aquel 27 apelaban al nivel central, se saltaban, de súbito, todas las mediaciones — Asociación Hermanos Saíz, UNEAC, niveles locales y provinciales del ministerio — y apuntaban directamente a la máxima dirección.

Sus demandas, adscritas al paradigma liberal de la política, no apuntaban, no obstante, a una democracia representativa, ni a democracia alguna, tan solo a la satisfacción de anhelos a ratos gremiales, a ratos liberales. Si un deseo nítido emanaba de la congregación de habaneros era el de menor intervención estatal, menor regulación y, por contrapartida, mayores prebendas, mayores facilidades.

Se trataba de una interpelación tan sorpresiva a la cúspide del Estado que lo fuerza, al menos simbólicamente y sin garantías, a negociar concesiones. Los manifestantes de aquel día tuvieron especial arraigo porque supieron sintetizar en su gesto rebelde, aunque en grado ínfimo, a los dos sectores: eran, en su capacidad de interlocución estatal, intelectuales decentes y urbanos, mas eran también, en su interlocución con lo privado, agentes del libre mercado.

La estrategia estatal ante tal desafío se decantó por la negociación sin garantías y la promoción de la heterogeneidad a lo interno de aquel grupo. Su efecto es incierto pues, a solo dos días de la sorpresa del 27 de noviembre, un grupo de jóvenes pertenecientes a la sociedad civil revolucionaria no tradicional organizaron una movilización de notable alcance. Fue también una ocupación de espacio, pero no en El Vedado residencial donde radica el Ministerio de Cultura sino en Centro Habana, municipio pobre. Se le llamó Tángana del parque Trillo.

Hay dos novedades fundamentales en este acto, primero, su capacidad de tomarle la iniciativa al Estado y «adicionarlo» a su propia planificación — aunque esto tuvo implicaciones también negativas — luego, su voluntad de apropiarse del espacio público en favor de — su consigna — una democracia socialista.

La tendencia revolucionaria del Estado venía a hablarle a las fuerzas revolucionarias donde quiera que estuvieran. Por supuesto, un acto público de tal tamaño no califica como punto de constitución de una corriente política, a lo sumo de un grupo político. En todo caso, tal constitución fue escamoteada por la participación abrasiva del Estado, que en lo simbólico logró apropiarse del acto. Es por ello que aquel suceso fue, en definitiva, importante solo para sus organizadores y no para los convocados, incapaces de discernir fuerza alguna en todo aquello que no fuera la estatal. La discontinuidad posterior de esta experiencia, por cierto, no se explica solo en el abrazo estatal de doble filo.

Del 27 de noviembre emergió también un grupo constituido a posteriori, en el caso de los organizadores de la Tángana, se trataba de grupos ya existentes previo a los sucesos, del cual cupo esperar nada o demasiado poco. Lo más significativo del 27 de noviembre fue, en el plano simbólico, la demostración de efectividad estatal del acto de protesta, coartado en sus flancos por la también simbólica, aunque accidental y débil, ampliación del paquete de demandas acogido por el Estado y demostrado muy pronto con la Tángana. Entre tales certezas ocurrirían, en el primer semestre del 2021, otros actos de protesta de los que vale decir algo.

27 de enero, se actualiza el 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura. Esta vez son pocos los congregados aunque con mayor organización — pero esa palabra, organización, le queda grande a este grupo — y su fracaso se verifica en la última negativa ministerial a negociar.

El 19 de febrero el saldo de la protesta fue contrario. Grupos de animalistas de La Habana, asociados a la protección de mascotas y no a la ganadería, demandan, de nuevo, ante un organismo central, el Ministerio de Agricultura, la aprobación de la prometida ley de bienestar animal.

En este caso logra el Estado manejar el conflicto con alta efectividad: su demanda de información y negociación fue satisfecha de inmediato y el compromiso, la aprobación de la normativa, fue cumplido en breve tiempo. Por último, la pequeña protesta en la calle Obispo, Habana Vieja, el 30 de abril. Desatada por un grupo heterogéneo de personas, con el pretexto de nuevas «irregularidades» con el «caso San Isidro», el tono beligerante fue mayor aunque más acotado y breve. Una ocupación móvil, rápidamente desarticulada por las fuerzas policiales, que cargaba un tono acusador. La respuesta de Estado fue puramente policial.

Más allá de estos picos puntuales de protesta, en las sombras se articuló a lo largo de este primer semestre un entramado inestable de redes de organización débiles y territoriales, en torno a demandas opositoras más o menos tradicionales y que operaban tanto en el medio digital como en el callejero. Si bien ninguno de estos grupos demostró capacidad de convocatoria constituían el pálido tejido organizativo a la espera de la sorpresa de las masas. Como es evidente, el 11 de julio resulta, en base a todo esto, una gran sorpresa, un acto incomprensible.

11 de julio: un drama político entre masas, sociedad civil y ejército

Nadie esperó, en efecto, que la movilización en un pueblo cercano a la capital, San Antonio de los Baños, desatara un verdadero levantamiento en pocas horas, sin fuertes estructuras organizativas convocantes, unidades de mando ni coordinación de objetivos, consignas y aseguramientos. Era una única protesta nacional sucediendo, lo que en tiempos de antaño se hubiera llamado «paro nacional», con la diferencia de ocurrir ahora un domingo, cuando el Estado no trabaja pero el sector mercantil sí, pues en ese circuito el tiempo de trabajo ocupa cualquier día de la semana, sin miramientos simbólicos. Las masas en movilización raptaron el foco de atención.

Una alocución presidencial informaba de los sucesos en hora crítica y lanzaba una convocatoria nítida: «los revolucionarios a la calle». Daba así el Estado la orden de salida a su sociedad civil, a su sector social organizado y en paralelo desplegaba el brazo estratificado de su ejército con sus diversos cuerpos armados. Entraban así a escena dos actores estatales neurálgicos. El espacio público de aquella jornada crítica se dirimía, pues, a tres bandas, entre tres partidos: las masas en protesta, la sociedad civil estatal y las fuerzas armadas.

Las masas, por supuesto, eran el actor protagónico y sorpresivo. Sin ningún antecedente notable en términos de ensayo y planificación, la protesta en San Antonio de los Baños desencadenó un levantamiento simultáneo. Es probable que de haber sido planificado no hubiera tenido lugar. La soltura de los acontecimientos se ofrecía, de súbito, al dominio manual y «espontáneo» de los manifestantes.

Por vez primera desde el 59 las masas lograban por sí solas una manifestación comparable en extensión y potencia a las estatalmente planificadas. La diferencia era radical: la convocatoria era de masas a masas, un llamado horizontal y solidario de explosión violenta. Tamaña transgresión solo podía provenir de un inconsciente fraguado en las condiciones de autonomía y segregación estatal en las que existe el circuito mercantil.

Para ellos el Estado ha sido siempre lejano, y de él no dependen para reproducir sus vidas, en consecuencia, su diapasón de protesta violenta es más asequible. Es decir, ante ellos las mediaciones de la sociedad civil solo operan en la distancia, de forma tenue y patética. Convocar su colapso a partir de la interpelación directa a la «máxima dirección» del Estado no era difícil.

Operó en ellas, las masas, una reacción en cadena. San Antonio fue un impulso eléctrico. Lo que se desató luego dejó en perplejidad rotunda al Estado. Sin duda, en una sociedad analógica habría sido difícil tal simultaneidad. Luego, en sus movimientos seguros demostraban las masas un diestro conocimiento del terreno de batalla, a saber, los barrios del tejido urbano.

Sitios de particular ejercicio de la violencia fueron las localidades dependientes del turismo, en particular resalta el caso de Cárdenas, regiones urbanas que ante la pandemia habían visto caer al piso sus estándares de vida y dispararse sus niveles de precariedad existencial. Como infantería móvil, a diferencia de las protestas antecedentes, no ocuparon, en rigor, espacio territorial alguno. Si algo ocupaban era, en lo simbólico, la capacidad misma de auto-movilización de la sociedad, en tanto movimiento no estatalmente planificado.

Tenemos en nuestras cabezas la viva imagen de masas en desorden campeando a sus anchas por las calles, haciéndolas suyas, pero no recordamos líderes, organizaciones con consignas expresivas de demandas concretas, ni coros ensayados, más allá del reactivo «Patria y Vida».

Quizás la potencia de esta explosión se debía al gran deseo acumulado de irrumpir, de tomar el país aunque fuera por unas horas, por aquellos que nunca han tenido en verdad al país en sus manos. Era un arranque por controlar no el destino sino el presente, en su inmediatez, en su cercanía física. Ante este cortoplacismo las plácidas rutinas del Estado, si bien pasmadas al inicio, tenían la ventaja de un largo plazo inyectado en vena bajo la forma de la planificación.

En lo que respecta a la función intelectual que debe organizar pensamiento y acción de las masas, los manifestantes del 11 de julio si algo no tenían era, en efecto, intelectualidad, a saber, líderes, organizaciones e ideas motrices tipo consignas.

Hubo sin duda todo esto pero sin que resaltase un poder definitorio, es decir, los líderes eran cambiantes y débiles; las organizaciones, diminutas, plurales, excesivamente abiertas y flexibles; las consignas, abstractas y con gran efecto de negatividad. No cabía esperar otra cosa de un levantamiento espontáneo dominado por la subjetividad que se fragua en el circuito mercantil, donde las instituciones son magras y cambiantes, los líderes operan solo al nivel micro-local y las ideas, carentes de fragua colectiva, solo pueden ser importadas y repetidas con exagerada abstracción.

Remite tal fallo de la función intelectual, en el fondo, a la inexistencia de comunidades con algún grado de irresistibilidad. La intelectualidad que este régimen de relaciones sociales flexibles y precarias puede producir es una lejana, ineficiente y elitista, perteneciente al mismo régimen pero incapaz de aglutinar en su pensamiento al aglomerado de clases al que pertenecen. La clase, en consecuencia, no es una configuración palpable donde se acumulen recursos y productos políticos, ni memorias ni anhelos.

El bullicio multitudinario de las masas era la prueba del efecto catastrófico pero, a su vez, la evidencia de una irrupción sin pensamiento de futuro. Cómo sostener una movilización, por ejemplo, sin los aseguramientos logísticos necesarios, sin coordinación de las diversas fuerzas, sin claridad en torno a los objetivos a conquistar y los enemigos a liquidar; la carencia de todo esto le ponía fecha de caducidad muy temprana a la movilización.

La clausura de un pensamiento más allá del corto plazo es nefasta para el planteo de una organización que se sostenga por años, un sistema de ideas que se esclarezcan con el tiempo, y liderazgos que se estabilicen. En su efecto reverso, si el largo plazo no existe hacia el pasado o se presenta con excesiva fragmentación, no permite imaginar y sentir continuidades efectivas en términos de movimiento político.

Qué deseo denotaban las masas en julio? Valdrá decir, primero, que este inconsciente forjado en el cambiadizo corto plazo no puede sostener demandas estables, es decir, se entrega con facilidad a la ambivalencia siempre insatisfecha de los deseos pero le resulta difícil construir una voluntad, sostener tales deseos. Lo más estable es, en consecuencia, el anhelo por el cambio en abstracto.

El cambio es el riesgo que genera las emociones más certeras e intensas de sus vidas. La demanda primordial de estas masas es el puro cambio, cambio, en concreto, de la «máxima dirección» del Estado, cambio del gobierno — es decir, sus máximos dirigentes — que enuncia, como su más cara consigna, un para ellos incomprensible «somos continuidad». Pero en términos estructurales este cambio adquiere una forma menos evidente.

Aquí debemos diferenciar entre el deseo político de los intelectuales del 11 de julio — perteneciente por entero al registro liberal clásico de la democracia representativa, con sus axiomas de libertad de expresión y asociación, sacralidad de la propiedad privada, etcétera — y el de las masas.

Estas tenían, claro está, una idea de Estado. Su deseo no era anárquico. Tampoco se inscribía en el modelo de democracia soberana y benefactora que se defiende desde el Estado actual. Las masas, ávidas de cambio, no demandan ni al Estado interventor ni al representativo, quieren en el fondo un Estado protector. Lo imaginan quizás como una agencia aseguradora, eficiente e impersonal, que garantiza la fluidez de las relaciones sociales por no intervención, al mismo tiempo que afinca como estables determinados estándares de vida para las familias, único núcleo seguro de reproducción social para este sector.

En esta democracia de seguridad social el Estado se reduce a su expresión clientelar, más no corrupta, pues su red prebendal adquiere un alcance universal y opera bajo un principio igualitario. Tal esquema lo mismo facilita el cambio que la acumulación capitalista. Para estas personas la dignidad es la ganancia política.

Igualdad, justicia y soberanía son anhelos supletorios de la dignidad, solo aceptables en la medida en que la favorecen. En tal sentido, estas masas han «retrocedido», es un decir, a formas ideológicas primitivas, «previas» a la experiencia de los movimientos obreros y de liberación nacional, para los cuales aquellos tres valores eran incluso más importantes que la incierta, y siempre aprovechable por el humanismo burgués, dignidad. Pero esta incertidumbre conceptual al mismo tiempo abría un frente amplio de batalla en el cual cabían incluso revolucionarios realistas. En todo caso, el fin de la movilización dejó la demanda suspendida en el aire, a la espera de alguien que se arriesgue a incorporarla, bajo tales términos, en su programa político.

Lo inaudito del acto, lo multitudinario, la extensión espacial y la violencia focalizada provocaron un fuerte efecto disuasivo para la sociedad estatal en su conjunto. No obstante, la movilización de las fuerzas del Estado no esperó el agotamiento natural de las masas en protesta; a media tarde la contraofensiva estatal desplegaba a su sociedad civil y a sus fuerzas armadas. Los dos cuerpos tenían la misión de contener y replegar a las masas.

En lo que respecta a la sociedad civil, lo que se verificó en el terreno fue, como efecto más patético, su espasmo semi-paralizante: había logrado salir a la calle, esto es, cumplir la orientación del jefe de Estado pero, una vez en la calle, no sabía qué hacer con ella misma. Acostumbrada a movilizarse de acuerdo a precisas orientaciones, con información certera y a tiempo, con aseguramientos logísticos facilitados, dirigentes puestos a dedo y consignas asignadas, el pasaje a la auto-organización les resultó imposible.

Mientras las jefaturas de Estado se ocupaban de dirigir el trabajo del ejército, la sociedad civil, enfrentada a su propio destino, no supo asirlo en las manos: las masas rebeldes eran mil veces más autónomas que este tejido vertical de organizaciones. Dependían en último término del Estado, carecían de un discurso propio o de liderazgos con capacidad de arrastre, en consecuencia actuaron dispersas, torpes y lentas.

El saldo general era una franca sensación de derrota y perplejidad. Sin embargo, su actuación fue dispar de acuerdo a los terrenos de acción. Las evidencias parecen apuntar a que en las pequeñas ciudades su torpeza se empastó y subsanó con la mayor efectividad de las fuerzas armadas.

Al ejército, por su parte, no le correspondió el destino patético, mas tampoco el heroico, fue ante todo un dique de contención del impulso de masas. Desplegados con armas de baja letalidad, formando barricadas humanas y con vehículos para detener a las gentes desatadas, con una estrategia dual de no agresión y detención selectiva de individuos, lograron proteger los sitios de poder neurálgicos, mostraron una compactación organizativa eficiente, y respetaron con notable lealtad las cadenas de mando.

La sociedad civil de Estado se mostró débil y disgregada al lado las fuerzas armadas. Tal vez su propia atomización funcionara como elemento disuasivo ante las masas rebeladas. En algunos territorios, los menos, esta misma sociedad civil logró contener por sí sola el avance de los protestantes. Pero de excepciones se conforma la regla.

No debiera sorprendernos, en todo caso, este colapso parcial de la sociedad civil, puesto que el propio levantamiento de masas es la prueba de que las mediaciones que aquella sociedad encarna ya no son factibles, en lo absoluto, para todo un sector social que, luego de estos sucesos catastróficos, forjó la posibilidad de constituirse en mayoría de efecto estatal [16] es decir, de determinar el Estado actual.

Trauma social: rédito y cura

Luego del 11 de julio hubo una multitudinaria movilización de tipo tradicional convocada por el Estado. Los discursos de aquel día, aquejados de estupefacción, abrían el diapasón del disenso admisible por el Estado. La resonancia práctica de aquella apertura discursiva, no obstante, se redujo a minoritarios reductos simbólicos, a saber, incorporación subordinada de determinados intelectuales a las cadenas de mando burocrático, algunos programas televisivos de política, múltiples reuniones con sectores de la sociedad civil, entre otros sin mayor efecto hegemónico.

Lo en verdad notable fue la intervención material del Estado en los barrios. Efectiva no en términos de incorporación hegemónica sino como refrendación de un pacto social: los barrios demandan mínimos de civilidad, el Estado concede los recursos y demanda, sin decirlo, que abdiquen al recurso de la protesta.

En todo caso es cierto que se verificó un mejoramiento notable en las condiciones de vida de múltiples barrios «marginales», es decir, productos de la acumulación escasa de riquezas que permite el circuito mercantil simple. Pero al mismo tiempo se verificaba la distancia del Estado, su lejanía con respecto a determinados sitios de la realidad nacional.

Este retorno del Estado, sin embargo, ha sido accidental y breve; ha montado las cosas y se ha ido otra vez. Las cosas, por sí solas, no hacen la relación estatal, debe existir un poder que las haga efectivas, que las verifique en su devenir. La intervención en los barrios, en resumen, ha sido una salida prebendal o asitencialista a la crisis, acorde a la demanda implícita de las masas rebeldes del día 11; mas a los aseguramientos otorgados les ha faltado la consistencia de larga duración que permite la «seguridad» que también aquellas masas solicitaban.

No fue la intervención en los barrios impedimento para el último acto, frustrado no obstante, de protesta masiva. Un llamamiento de un grupo heterogéneo a marchar con los rezos de la democracia representativa, toda la nación, el 15 de noviembre. Cabe decir que, vistas las cosas con mayor claridad y anunciada la guerra con premonición, la estrategia estatal logró en efecto frustrar la marcha anunciada.

Recursos múltiples y quirúrgicos, como la detención domiciliaria de los cabecillas, luego el otorgamiento de salvoconductos para salir del país, así como una tibia campaña legal para desmontar la legitimidad del pedido. Lo crucial del llamamiento de Archipiélago es que era un intento por usufructuar las ganancias políticas del 11 de julio. ¿Cómo, debiera uno preguntarse, viene un grupo de intelectuales a sacar provecho de una jornada crítica en la que ellos incidieron muy poco o nada? Tendrá que ver con la incapacidad de aquellas masas de generar una intelectualidad propia y no desligada y lejana como esta «élite» universitaria y blanca.

El fracaso de aquel llamado tiene su causa, es probable, no tanto en una victoria estatal como en la incapacidad de estos intelectuales para interpelar a las masas de julio, en los códigos relativos a sus anhelos.

En todo caso, la interpelación que estas masas demandaban apunta a un núcleo duro de poder y a una idea muy concreta de la democracia, no a los subterfugios legalistas de los intelectuales y tampoco a sus sueños democrático-representativos. El remate de la derrota para Archipiélago vino, también, de la inexistencia de cadenas de mando, estructuras de movilización o trabajo alguno de base.

No se puede, sin organización sólida ni fuerte arraigo de masas, convocar a tamaño desafío nacional. Era sabido desde el propio nombre, un conjunto de individuos juntos pero no en colectivo. El fracaso a veces se inscribe con demasiada nitidez de antemano, habría que suponer que aquello del 15 de noviembre era ante todo el placer de arriesgarse, de intentarlo aunque se supiera la derrota inminente.

Lo más novedoso en la respuesta estatal fue la llamada Sentada de los Pañuelos Rojos. Un acto de ocupación del espacio público de pequeñas dimensiones, con un fuerte corte artístico que disputaba el aura también artística de Archipiélago. Como la Tángana, un acto planeado en las afueras del aparato estatal y su sociedad civil, que terminó por incorporarse a la hegemonía con el mismo problema de la Tángana: que sumar un poder tan abrasador es lo mismo que diluirse en él. En su resultado final, la Sentada tuvo un efecto de oxigenación simbólica para el Estado. Ante sorpresas de este tipo hay que decir que el Estado se muestra diestro y no vacila en incorporar, a sabiendas de que, al unísono, aplasta a las nacientes iniciativas.

Luego del 15 de noviembre que no fue, se ha cerrado el recurso a la protesta pública en las dimensiones del 11 de julio. Permanece esta en predios de menor alcance y sorpresa, como la reciente huelga de becados en Camagüey. Ha sucedido, en cambio, algo mucho más importante en términos políticos: un éxodo de decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, hacia los Estados Unidos.

Sus motivaciones, causas, vías y proyecciones, así como el cambio en las relaciones sociales y la configuración de lo nacional que provocan, demandan urgente explicación. ¿A qué se enfrentan, los que se van, si no al destino trágico de los migrantes, el de la integración pospuesta y el desajuste de por vida?

Por qué entonces migrar? ¿No responderá acaso este deseo de cambio al siempre mutante cortoplacismo que «naturaliza» el circuito mercantil en nuestra vida nacional? ¿No responderá, también, al mero hecho de vivir el riesgo de abandonar un lugar de pertenencia? Al parecer, para los que se van, «no moverse es sinónimo de fracaso, y la estabilidad parece casi una muerte en vida… Por lo tanto, la decisión misma de marcharse se parece ya a llegar a algún sitio; lo que importa es que uno ha decidido partir» [17]

El circuito mercantil ha producido en nosotros una percepción triple de olvido, desesperanza y pequeñez. Olvido de toda historia de larga duración; desesperanza con respecto a los futuros posibles de la nación; pequeñez de la existencia vital, reducida a lo familiar, lo doméstico, la vida en pareja, el negocio y, cuando más, la comunidad territorial. Esta tríada nos hace afincarnos al presente y a lo micro-social con un ahínco verificable en la larga duración y en la existencia nacional.

Si el mercado, por su parte, destruye la ética de las comunidades sociales y nos arroja ante conflictos que individualmente nos superan, el Estado de todo esto no dice nada, cual si fuera algo normal o no entendiera por qué suceden las cosas. A la mudez natural del mercado, la dificultad de palabra estatal y la precariedad de lo común se le adicionan las múltiples pérdidas del éxodo, pero también las tímidas aperturas democráticas arrancadas al orden hegemónico que ahora parecen esfumarse. Entre pérdidas y desamparo pareciera que la tristeza que nos aflige tiene, por cierto, causas políticas.

El Estado vuelve ahora sobre sí mismo como un cuerpo apenado, despreocupado en el fondo por su función de incorporación y por la salud de sus dañadas mediaciones. Despreocupado o incapaz. Que la protesta haya decaído no significa que el Estado esté ahora a la ofensiva, por el contrario, sigue primando una perspectiva defensiva, desde la cual los avances son tortuosos cuando no imposibles. El Estado se afana en presentarse como una eternidad ante un inconsciente nacional que desea profundamente el cambio, el riesgo, la transición permanente. El realismo revolucionario es la ideología que dicta su conducta.

Ha quedado, empero, una enseñanza de las jornadas de julio: la eternidad del Estado es falsa ante una contingencia crítica convocada por las masas. Lo crucial es, por supuesto, ¿quién se gana el anhelo de las multitudes de julio?, ¿en qué programa político se cumple el deseo que aquella catástrofe inscribió en el inconsciente nacional?

Notas:

[1] Fernando Ortiz, op. cit., p. 101.

[2] El problema con el concepto de marginalidad es que presupone una relación jerárquica de lo marginal con un centro. En este caso, tal subordinación existe pero es meramente estatal, carece de imperativo económico.

[3] He aquí varias deficiencias: 1) la «población en edad laboral» es la cantidad de hombres entre 17 y 64 años y de mujeres entre 17 y 59, es decir, la edad estatal y no real, en el mismo Estado es práctica consuetudinaria el recontrato pos-jubilación, sobra decir que en el circuito mercantil simple el inicio de la edad laboral comienza desde la secundaria y termina con la invalidez o la muerte; 2) los «privados» son solo los campesinos, algunos trabajadores intelectuales y los cuentapropistas, lo cual deja fuera un repertorio amplio de formalidades de pluriempleo como la subcontratación, el autoempleo, el trabajo por obras, entre otros; 3) los «trabajadores por cuenta propia» son solo los inscritos en la ONAT, sobra decir que en la práctica son muchos más y que esa categoría, hasta la invención jurídica de las «medianas y pequeñas empresas» en 2021 y probablemente aún hoy, encubría e igualaba a asalariados y patrones; 4) si entre los «desocupados» los Anuarios incluyen a « personas que no tienen vínculo laboral estable y hayan trabajado al menos 8 horas» (p. 172), entonces bajo tal categoría se encuentran en realidad variadísimas formas de empleo precario existentes y extendidas en Cuba; 5) existe una diferencia de 1.002.500 de «población activa» entre hombres (2.856.200) y mujeres (1.853.700), a pesar de su paridad en cuanto a «población en edad laboral» — 3.377.800 mujeres y 3.718.200 hombres — , lo que ofrece «tasas de actividad económica» muy diferentes: 76,8 por ciento para los hombres y 54,9 por ciento para las mujeres, todo parece indicar que este millón diferencial se debe a mujeres «amas de casa», lo cual constituye un trabajo muchas veces vinculado en condiciones de irregularidad y precariedad a pequeños negocios pertenecientes al sector marginal.

[4] ONEI: Anuario Estadístico de Cuba 2020, Edición de 2021, p. 178.

[5] René Zavaleta Mercado: La autodeterminación de las masas, antología y presentación de Luis Tapia, Siglo XXI Editores y CLACSO, México D. F. y Buenos Aires, 2015, pp. 67–77. El concepto remite a las posibilidades de conocimiento social de una clase a partir de su (auto)constitución.

[6] Sobre la forma empresa se debe decir que, en este entendido, se refiere a su mínimo: el contrato entre propietario y asalariado.

[7] Richard Sennet: La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, trad. Daniel Najmías, Anagrama, Barcelona, 2000 [1998], p. 22.

[8] Ver Richard Sennet, op. cit., pp. 10 y 30.

[9] Ruy Mauro Marini: América Latina, dependencia y globalización, antología y presentación de Carlos Eduardo Martins, Siglo XXI Editores, México D. F., y CLACSO, Buenos Aires, 2015, p. 16. «La superexplotación se presenta, según el autor, por tres mecanismos: la elevación de la intensidad del trabajo, el aumento de la jornada de trabajo — ambas sin la elevación salarial correspondiente — y la reducción del fondo de consumo del trabajador.» (pp. 16–17) Los tres se verifican en este circuito.

[10] Richard Sennet, op. cit., p. 10.

[11] Richard Sennet, op. cit., p. 77.

[12] Álvaro García Linera: La potencia plebeya: acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Siglo del Hombre Editores y CLACSO, Bogotá, 2009, p. 301.

[13] Es conocida la cantidad de migrantes en La Habana que hasta el 11 de julio carecían de la canasta normada y servicios básicos legales. En tales barrios, por demás, es baja la institucionalidad educacional y sanitaria.

[14] El ejemplo de la cualificación escolar es ilustrativo. Si esta constituye motivo de orgullo social y motor de ascenso burocrático en los sectores de efecto estatal, para el circuito que nos ocupa la cualificación es un mero conocimiento inútil que nada aporta en términos de efecto social.

[15] Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar, Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1963, p. 103.

[16] René Zavaleta: op. cit., p. 233.

[17] Richard Sennet, op. cit., p. 91.

                                                                                         ……………………

                                              A UN AÑO DEL 11 DE JULIO. COMUNICADO DE COMUNISTAS

                                                                           POSTED: 11 JUL 2022

Pareciera imposible que en Cuba el 2022 termine sin protestas como las del 11 de Julio. La crisis económica, el desabastecimiento, la dura escasez de alimentos, la inflación y la continua caída de la popularidad del gobierno cubano crean un fermento propicio para un nuevo estallido social.

Sin embargo, la represión lanzada contra quienes fueron apresados el 11 de julio, sus consecuencias políticas y laborales -muchas de ellas y ellos despedidos, incluso sus familiares, convertidos políticamente en parias-, las desmedidas sentencias penales contra parte de los detenidos y un reforzado nuevo Código Penal, han servido como factor disuasorio.

A esto se le debe agregar que existe una amplia despolitización y desmovilización entre la clase trabajadora cubana, un fenómeno político el cual lastimosamente crece con fuerza dentro la juventud. Además, el gobierno cubano sabe que se ha librado de miles de potenciales manifestantes al ver cómo ha llegado a Estados Unidos, atravesando la frontera con México, más del 1% de la población cubana, en su mayoría jóvenes.

Sin embargo, dar por sentado que el actual crítico escenario que atraviesa Cuba se mantendrá apacible, es no confiar en la fuerza de la clase trabajadora. La burocracia cubana se tapa los ojos, intentando desacreditar las protestas del 11 de julio, clasificándolas ahora como un “frustrado intento de golpe vandálico o golpe blando”. De esa manera, el gobierno cubano desconoce cuáles fueron los factores económicos y políticos que detonaron las protestas del 11 de julio, las cuales espontáneamente estallaron a nivel nacional.

Recientemente, la clase trabajadora de Sri Lanka pasó por encima de la represión y echó abajo al gobierno. Sin embargo, como siempre sucede cuando las protestas populares no están conducidas por una organización marxista, la rebelión no deriva en Revolución y se termina imponiendo un nuevo gobierno burgués. Que Sri Lanka sirva de aprendizaje, tanto para la clase trabajadora cubana, nuestra izquierda crítica y el gobierno.

Durante el año transcurrido desde el 11 de julio de 2021, el gobierno cubano ha hecho creer a una parte de la población que quienes salieron a protestar eran contrarrevolucionarios y revolucionarios confundidos. Al mismo tiempo, los voceros de la burocracia satanizan en redes sociales cualquier manifestación de apoyo al 11 de julio. Ejemplo reciente de ello son los continuos ataques contra la revista digital de izquierdas, La Joven Cuba y las detenciones que algunos socialistas cubanos han sufrido solo por el hecho de solidarizarse con los detenidos del 11 de julio. A su vez, la burocracia cubana ha lanzado ataques contra los trotskismos internacionales, pues estos han sabido estar con la clase trabajadora y no como las organizaciones estalinistas quienes también se han dedicado a demonizar desde el extranjero las protestas del 11 de julio.

Salvo minoritarias organizaciones, la mayoría de los trotskismos supieron ver en el 11 de julio una protesta no orgánicamente anticapitalista, pero sí de carácter popular. Esto se debe a que los trotskismos luchan porque la clase trabajadora llegue al poder y no como el estalinismo y sus derivados, quienes simplemente se quieren convertir en gobierno -no importa si es ocupando ministerios en un gobierno como el de Gabriel Boric que reprime al pueblo mapuche-.

Comunistas siempre condenará los ataques que la burocracia y el estalinismo lance contra la izquierda crítica cubana y envía un saludo revolucionario a las organizaciones y militantes trotskistas que han echado pie en tierra con quienes fueron detenidos el 11 de julio.

Si bien tras el Evento Internacional León Trotski celebrado en La Habana en mayo de 2019, y tras el nacimiento de Comunistas, los trotskismos desembarcaron en Cuba para no retirarse jamás, el 11 de julio reforzó los vínculos de estas organizaciones revolucionarias con la clase trabajadora cubana, principalmente con la izquierda crítica.

El 11 de julio sirvió para radicalizar el pensamiento socialista de miles de jóvenes cubanos. En este largo y paulatino proceso político de concientización ideológica los trotskismos también han jugado un importante papel. Si existen en Cuba “revolucionarios confundidos” no son los jóvenes socialistas que salieron a protestar el 11 de julio y hoy leen detenidamente La Revolución traicionada, sino aquellos sinceros marxistas que aún ven en la burocracia capitalista cubana un gobierno que intenta construir el socialismo.

La burocracia cubana afianza cada vez más sus vínculos con el sector de la economía privada. Los dirigentes cubanos o sus familiares cercanos se convierten en propietarios de negocios privados, a la vez que desde el gobierno, incluso empleando la prensa oficial, se legisla a favor del crecimiento de la burguesía y se le propagandiza.

Ya en el proyecto de Constitución de 2019 esa misma burocracia propuso retirar de la Carta Magna que Cuba se proponía construir el comunismo. Fue la presión popular de la clase trabajadora la que logró restituir en la Constitución de 2019 el propósito expreso de construir el comunismo. Sin embargo, esto no significa que la burocracia corrigió su rumbo dengxiaopinista. Por el contrario, aprovechó la pandemia para imponer de manera inconsulta la Tarea Ordenamiento, reprimió las protestas populares del 11 de julio y da fuerzas a la nueva burguesía. Quien vea en esa burocracia un gobierno que intenta construir el socialismo es un revolucionario confundido.

Los que se alzaron el 11 de julio fueron humildes del pueblo hartos de la crítica situación que se vive. Aunque se dieran hechos contrarrevolucionarios aislados, el 11 de julio no es de lamentar, sino para fomentar un espíritu crítico pues la izquierda crítica no ha sabido hegemonizar el descontento de la clase trabajadora, ni llevar a las mayorías populares una propuesta real de socialismo. Comunistas exigió y exigirá siempre la liberación de los detenidos el 11 de julio que sin ningún vínculo con organizaciones derechistas aún hoy cumplen sanción y han sido condenados a penas desmedidas. Nunca Comunistas se aliará con ningún grupo derechista, ni reclamará por sus representantes. La Revolución no se construye con la contrarrevolución y sí creando conciencia en la clase trabajadora.

Las condiciones que propiciaron la explosión del 11 de julio tienen su origen en una crisis económica provocada por el desplome de la industria del turismo -principal sostén de una economía ya débil en 2019- y el recrudecimiento del bloqueo estadounidense, pero también tiene un gran peso la mala gestión del gobierno. En 2021, cuando explotaron las protestas, marcadas por un grave desabastecimiento de alimentos y medicamentos en el momento más difícil de la pandemia, el gobierno cubano destinó más del 50% del presupuesto al turismo; industria para ese momento casi inexistente y de la cual se sabía que pasarían años para recuperarse.

Las condiciones que llevaron al levantamiento espontáneo del 11 de julio no se han resuelto, en muchos casos han empeorado. La guerra ruso-ucraniana ha impactado duramente en la economía cubana, provocando ahora el desabastecimiento de combustible y agravando la escasez de alimentos. Sin embargo, el gobierno cubano sigue sin darle a la crisis una solución eficaz, apostando aún más por el turismo, una industria que demorará años en crecer. Entre enero y mayo de este año solo habían arribado a Cuba poco más de medio millón de turistas.

Al mismo tiempo, la burocracia cubana está propiciando el desmonte de la gastronomía estatal, la cual, si bien ineficiente, es una traición capitalista fomentar en su sustitución al sector privado de los servicios.

De ese modo, es la burguesía quien termina acaparando alimentos los cuales vende a precios casi imposibles de asumir por las mayorías populares. Mientras la burocracia y la burguesía, sus familiares, acólitos y representantes disfrutan en bares lujosos, restaurantes y hoteles, muchas veces humildes familias trabajadoras cubanas ni siquiera tienen pan porque el sector privado lo revende a precios imposibles de comprar regularmente.

La clase trabajadora cubana no tiene cómo controlar las decisiones de la burocracia y los gobernantes siguen hablando en consignas. Esto ha provocado que entre la juventud cubana crezca la apatía política y el rechazo al marxismo, pues identifica el socialismo en el discurso y las prácticas de la burocracia.

Irreformable, la burocracia cubana no permitirá que la clase trabajadora le controle sus decisiones políticas y económicas. Solo en el socialismo la clase trabajadora cubana podrá tener una solución a la crisis actual, y ese socialismo, el verdadero y por construir, únicamente se puede realizar desde la democracia obrera y el control de los medios de producción por parte de la clase trabajadora.

¡Viva la clase trabajadora cubana e internacional!

¡Por una nueva Internacional Comunista!

¡Hacia el Comunismo!

Comité Editorial de Comunistas, mediodía del lunes 11 de julio, 2022

                                                                                 ………………….

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Publicado el julio 16, 2022 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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