HABANA INSIDER: 8 AGOSTO 2019

insider

 LA HABANA, CUBA/ EDICION 1255/ ISSN en proceso

Editor: Abelardo G. Mena Chicuri  Contacto: menaabelardo@gmail.com

POR UN SOCIALISMO DE CÓDIGO ABIERTO:  “Los filósofos sólo han interpretado el mundo de distintos modos, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

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(PALABRANUEVA) VIVIR ENTRE CADÁVERES/ (JOVENCUBA) DE LOS AGUJEROS NEGROS A LA HISTORIA… Y VICEVERSA/ (PALABRANUEVA) “A ESTE PUEBLO QUISE SERVIR”/ (LETRASLIBRES) SUEÑOS URBANOS EN LA HABANA DE LOS 80/ (ELTOQUE)  LO QUE DEBERÍA HABER PLANTEADO EL PROYECTO DE LEY DE PESCA/ (PALABRANUEVA) COCINA, RESTAURANTES Y AMBIENTES SONOROS/ (ELTOQUE) VENTAJAS DE TRABAJAR EN EL SECTOR PRIVADO, SEGÚN CUENTAPROPISTAS

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                                                   VIVIR ENTRE CADÁVERES

POR JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ-RUBINES 22 JULIO, 2019

http://palabranueva.net/new/proteccion-animal/

 

Nunca pudo imaginar aquel perrito –sobre todo porque los perros son incapaces de imaginar o razonar cualquier cosa– que él, o su cadáver para ser más exactos, daría de qué hablar y menos que figuraría impreso en página alguna. Un desafortunado evento, el último de su existencia, lo condujo a eso.

 

Como quizás todos los días, aquel pequeño can blanco y canela, de raza criolla –que es la raza de los sin raza– se dispuso a cruzar la Avenida Independencia (Boyeros) por su intersección con la calle San Pedro, a solo una manzana de la habanera Plaza de la Revolución. Esa mañana, marcada con el fuego de lo nefasto en el hilo de su perruna vida, tuvo la mala suerte de hallar en el camino a un chofer distraído que, de un solo y certero golpe, lo mandó a dormir el sueño eterno.

 

Comienza ahí la historia que motivó estas líneas, pues quien escribe tuvo la desdicha de pasar por la “escena del crimen” tan solo unos instante después de haber sido este perpetrado, cuando el cuerpecito sin vida reposaba aún caliente sobre el césped del separador.

 

En aquel momento, se impuso una callada condolencia por la terrible suerte del animal y, acaso, un mal pensamiento –formulado por lo bajo, como quien no quiere la cosa– lanzado como dardo envenenado contra el chofer. Entonces, eso fue todo.

 

Terminado el día, en ese momento llamado tarde-noche por los cubanos y ocaso por los diccionarios, regresaba sobre mis pasos y mucha y muy desagradable fue mi sorpresa cuando casi me tropiezo con el perrito. Lo imaginaba ya descansando en algún lejano paraje, a la merced de carroñeros igual de lejanos, pero no, allí estaba aún, mostrando lo que los tafonólogos –científicos que por extraños motivos estudian los procesos de descomposición– llaman rigor mortis, la clásica rigidez de los cadáveres.

 

“Por la madrugada se lo llevarán”, pensé esperanzado. Pero, parafraseando a Augusto Monterroso: “cuando desperté, el cadáver todavía estaba allí”. Había avanzado del estado fresco, el primero de la descomposición, al hinchado y lanzaba sus olores al viento, salpicando el mediodía con los olores menos simpáticos que nariz alguna pueda desear.

 

Sin ánimos de ser demasiado gráfico, únicamente diré que en aquel sitio transitó el cuerpo por todas las etapas de la putrefacción. Con su hedor matizó el tránsito por el pedazo de avenida a caminantes y choferes, quienes en su presencia invariablemente se llevaban la mano a la nariz y a la boca, como quien quiere disimular una sonrisilla furtiva.

 

Todavía allí están sus restos, algo de piel y huesos, en su “isla de descomposición cadavérica” –dirían los avezados–, como regalo de algún concienzudo trabajador de Servicios Comunales a los paleontólogos del futuro. A solo una manzana de la sede del Gobierno de la República, en una de las arterias más concurridas de la capital, un perro murió y se fosilizó sin que nadie recogiera su cuerpo.

 

Pero esta historia sería solo un suceso aislado si no fuera por una realidad, ajena a los eventuales accidentes, mucho más profunda y antropológica: en nuestra ciudad pululan por doquier restos de animales que la infestan con su putrefacción. Las causas varían y van desde la insensibilidad de algunos hasta el actuar negativo de adeptos de prácticas religiosas, aunque todas tienen su raíz en la falta de civilidad que, para nuestra desgracia, ya es sello distintivo de amplias masas de conciudadanos.

 

Cuántos no hemos retorcido la cara, en una mueca de disgusto y lástima, ante el cuerpo de un pequeño gatito o perrito, abandonado en una bolsa y muerto de crueldad? ¿Quién no ha visto el cadáver de un gallo o las patas de un chivo en un cruce de calles o a los pies de un árbol?

 

Desde que el Homo sapiens es Homo sapiens –y aun antes, cuando era un ser más simiesco y peludo– los animales cohabitan con nosotros como una parte imprescindible de lo que somos. Esa convivencia ha configurado nuestra identidad como especie dominante, pero llamada a la protección de las otras, por eso es impensable, por horrible y falto de lógica, que la indiferencia y la crueldad sean nuestros premios por la lealtad y el amor que nos dispensan.

 

No son seres inferiores y dependientes, puestos aquí únicamente para satisfacer nuestras necesidades, sino los compañeros de viaje –muchas veces, los únicos– a los cuales acudimos en busca de consuelo y compañía. Una cultura de la sensibilidad y el respeto hacia aquellos con quienes convivimos debería ser parte de nuestro ADN; tendría que ser, además, integrante del amplísimo concepto de humanidad del cual nos vanagloriamos.

 

También impensable resulta que algunas personas se atribuyan el derecho de dañar la ciudad con cadáveres y olores putrefactos, arguyendo como excusa que es la expresión de su fe. Cualquier forma de libertad personal, la de culto incluida, termina donde comienza el espacio colectivo y es la ciudad ese espacio por excelencia. Como la humanidad, tendría que ser la civilidad un componente orgánico y central de nuestra formación como ciudadanos.

 

De todo ello derivan preocupantes cuestiones que este periodista dejará para reflexiones futuras, propias o ajenas: ¿Hasta cuándo funcionarán mal los servicios de recogida de desechos? ¿Cuánto demorará en llegar una tan pedida ley para la protección de los animales?

 

Cómo pueden regularse manifestaciones de fe que atentan contra la convivencia? Como todas las preguntas, estas invitan a buscar respuestas.

 

Palabra Nueva es la revista de la Arquidiócesis de La Habana

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                              DE LOS AGUJEROS NEGROS A LA HISTORIA… Y VICEVERSA

POR ALINA B. LÓPEZ HERNÁNDEZ alinabarbara65@gmail.com

 

En la medida en que los escritos de Carlos Luque Zayas-Bazán restringen su calado teórico y crecen en insultos, les resulta poco apropiado un sitio de internet como Rebelión, que incita a la reflexión y, además, tiene la saludable costumbre de divulgar todos los puntos de vista de los contendientes. Esa no es la izquierda que se prefiere en nuestro medioambiente ideológico.

 

Para sus diatribas resultan convenientes entornos digitales más íntimos, como su muro de Facebook, de donde lo replicó el blog PostCuba, también cuasi privado según las estadísticas de visitas que reporta, evidentemente de sus amigos. Santa Fraseología: Dios los cría y PostCuba los junta.

 

Luque reacciona esta vez a mi artículo La república dorada, publicado, como siempre, en LJC. La novedad es que ahora lo hace con un asistente: Ernesto Estévez Rams. Desde el primer debate que sostuvimos fue indiscutible que requería apoyo. Mas era lógico esperar un colaborador más eficaz.

 

El profesor Estévez Rams posee grado científico de doctor y se especializa en el campo de la Física. Debe ser muy solvente en su especialidad, pero evidentemente ello no se extrapola al campo de Historia. Igual me pasaría si intentara calar en las honduras de la Teoría de la Relatividad, o me parara frente a un auditorio dispuesta a explicar el tema de los agujeros negros.

 

Se puede polemizar sobre historia sin ser historiador. Afirmar lo contrario sería entrar, con categoría VIP, en los reaccionarios salones del platonismo. Sin embargo, para participar en un debate serio se necesita cultura histórica. De nuevo falla Luque al escoger compañía.

 

A continuación atenderé las principales objeciones del físico devenido historiador.

 

Duda 1 de Luque: Es República Burguesa el mejor nombre para la República pre-revolucionaria? El aporte se lo debemos a Fernando Martínez Heredia, en su ensayo “El problemático nacionalismo de la primera república”, publicado en Temas, no. 24-25, enero-junio del 2001, pp. 34-44. Lo utilizo pues me parece muy adecuado.

 

Durante mucho tiempo, las tres grandes etapas en que se puede dividir la historia de Cuba fueron denominadas: Colonia, República y Revolución en el poder. Pero, como bien fundamentara Fernando, la etapa socialista también adoptó carácter de república y el término revolución en el poder otorgaba visos de interinidad al Estado forjado tras el 59 y sobre todo después de la Constitución de 1976. Su propuesta pretendía legitimar el carácter republicano del socialismo al clasificarlas en República burguesa (1902-1952) y República Socialista, de acuerdo al tipo de propiedad, a las clases sociales y a las constituciones que asumieron.

 

La propia república burguesa ha sido dividida en dos etapas: la Primera república (1902-1933) y la Segunda república (desde esa última fecha hasta 1959).

 

Niega Estévez que la historiografía después de la Revolución maltratase a la República. Sí lo ha hecho estimado profesor, por omisión y por manipulación extemporánea de hechos y figuras de aquel período.

 

La primera de ellas se evidencia en el relativo desconocimiento de nuestro pasado republicano. Si Luque and cía. creen que dramatizo, revisen entonces la valoración que realiza el doctor Eduardo Torres-Cuevas, Presidente de la Academia de la Historia de Cuba en el editorial de la revista Debates Americanos no 12, enero-diciembre de 2002, dedicada íntegramente a conmemorar el centenario de la proclamación de la república:

 

“Un extraño temor parece rodear y condicionar el acercamiento a las problemáticas republicanas. La mayor parte de las fuentes históricas que contienen lo más revelador de la época, aún están sin consultar. Aún más, al repasar los estudios más conocidos acerca del período puede constatarse que la etapa que cubre de 1940 a 1959 es casi totalmente desconocida”.

 

Ha llovido mucho del 2002 a la fecha y debe reconocerse que en los últimos tres lustros han proliferado importantes estudios sobre la república, que no citaré por falta de espacio. Sin embargo, ellos no han transitado el camino que los conduzca de la ciencia a las aulas. La historia oficial, la que se aprende en las escuelas, sigue enjuiciando solo lo negativo de la época.

 

Lo referente a la manipulación se observa —y cito nuevamente a Torres-Cuevas y su editorial—: “(…) en el acercamiento netamente ideológico con que muchos intentan explicarse fenómenos que desconocen en sus esencias. Adjetivos, afirmaciones sin muchas demostraciones, visiones abductivas que trasladan a un pasado la mentalidad de un presente y juicios sobre la acción humana determinados por lo que se hubiese querido y no por la comprensión de las circunstancias y mentalidades de una época (…)”

 

Intenta ilustrarme el aficionado a la Historia en ciertas cosas que ni por asomo he negado yo, como la frustración colectiva que significó la ocupación norteamericana, la humillación histórica de la enmienda Platt y cómo, aún después de ser derogada en 1934, se mantuvo la dependencia de nuestra economía a la del país vecino.

 

Mi punto es que, junto a aquellas realidades, develemos también aspectos positivos del pasado republicano y que no se estandaricen valoraciones que carecen de matices y son injustas al unificar bajo el mismo rasero a figuras que tienen grandes diferencias. Como bien afirmara Eduardo Torres-Cuevas:

 

“Lo que diferenció a Gerardo Machado y a Batista de Alfredo Zayas y Ramón Grau San Martín, es que los primeros violaron las constituciones, se impusieron por las fuerzas y ambos destruyeron las repúblicas de las que habían surgido. No puede trazarse un símbolo de igualdad entre ellos”.

 

El habitual modo de afirmar que la revolución del treinta “se fue a bolina” impide asimilar los indudables contrastes entre la primera y la segunda república burguesas. Dice una gran estudiosa de la república, la doctora Berta Álvarez Martens, que como resultado de aquella revolución, la política en Cuba fue refundada y la nación cubana se piensa y se proyecta como realidad. La institucionalidad y la normativa generada en los años treinta permitieron que amplios sectores de las clases medias y de los trabajadores ejercieran protagonismo social y crearan organizaciones que tendrían mucha fuerza dentro de la reconformación del Estado.

 

Aun cuando las claves de la economía no estaban en manos de los cubanos y era muy susceptible a las directivas norteamericanas, en esa etapa se legisló sobre cuestiones sociales, laborales y económicas como nunca antes se había hecho. El Estado cubano, a partir de 1940, se caracterizó por ser liberal y democrático, con un orden social de utilidad pública.

 

Es una realidad que se mantuvieron las marcadas diferencias y los contrastes en las formas de vida de las diversas clases sociales. Como también lo es el hecho de que la democracia en la Constitución del 40 se propugna no solo en términos de derechos individuales, sino también de derechos sociales y económicos. Esto dio lugar a la legislación laboral más avanzada de América Latina; a una organización de la escuela cubana democrática, igualitaria y progresista y a un Estado con rol de orientador, regulador y normador en la economía del país.

 

En su escrito, el doctor en Ciencias Físicas comete dos deslices garrafales. Afirma que la Constitución del 40 “fue parida a contrapelo de los burgueses por las fuerzas más revolucionarias, en un contexto revuelto donde pesaba la necesidad de que el patio estuviera tranquilo cuando se luchaba contra los nazis en alianza con la URSS”.

 

El primero es cronológico: la Asamblea Constituyente inició sus sesiones el 9 de febrero y las concluyó el 8 de junio de 1940. La URSS demoraría aún un año y catorce días en ser atacada por Alemania e involucrarse en la Segunda Guerra Mundial, lo que ocurrirá el 22 de junio del 41.

 

Y ya colocada en pose preciosista, debemos reconocer que la alianza del gobierno de Stalin en el año 40 era precisamente con Hitler, con el cual, en septiembre del 39, había refrendado un Tratado de No Agresión con su correspondiente cláusula secreta, mediante la que se repartieron parte de Europa. Si se toma el trabajo de consultar el Diario de Sesiones de la Asamblea Constituyente del 40, constatará la condena de los asambleístas a la intervención soviética en Finlandia; por supuesto, con el voto en contra de los seis representantes comunistas.

 

El segundo gazapo es ideológico: afirmar que la Constitución del 40 se hizo a “contrapelo de los burgueses”. Por lo visto, Estévez no acepta que la burguesía cubana tuviera sectores que, aunque reformistas, como lo fue también el Partido Comunista después de su legalización, tuvieron un carácter progresista.

 

Lo remito a mi ensayo “Crónica de un fracaso anunciado: los intelectuales de la república y el socialismo soviético”, publicado en Temas, no. 55 del 2008, pp. 163-174, y también, si no lo han retirado, en el sitio de la Asamblea Nacional del Poder Popular que ahora se demerita al hospedar el desinformado artículo de PostCuba. Allí expreso:

 

“No es casual que en los dos momentos revolucionarios de la República burguesa, hayan sido intelectuales que representaban a diversos sectores de la burguesía los más activos defensores de la opción revolucionaria y, a la larga, los artífices de la vía armada, la más radical –Guiteras en los años treinta, Fidel en los cincuenta– en desafío abierto, en el caso de la lucha contra Batista, a la postura de los comunistas cubanos que, con criterio dogmático y foráneo, negaban la posibilidad insurreccional.”

 

En el ensayo “Los siete pecados capitales del mal historiador”, el teórico mexicano Carlos Aguirre Rojas se refiere a la noción equivocada de la historia concebida como una gigantesca escoba. Su crítica es muy pertinente a la siguiente tesis de Estévez: “Aquí no hay imagen injusta que rescatar, ni nostalgia que celebrar. La república, neocolonial era y neocolonial fue hasta que la Revolución barrió las sombras y rescató las luces”.

 

Según Aguirre: “El cuarto pecado de la mala historia, repetido en los diversos manuales tradicionales, es su idea limitada del progreso, lo que está directamente conectado (…) con la noción del tiempo como tiempo físico, único, homogéneo y lineal (…).”

 

Es una idea del progreso humano en la historia donde se afirma que, inevitablemente, todo hoy es mejor que cualquier mañana, y todo mañana será obligatoriamente mejor que cualquier hoy.

 

Entonces, la humanidad no puede hacer otra cosa que avanzar y avanzar sin detenerse pues, según esta construcción, lo único que ha hecho hasta hoy es justamente “progresar”, avanzando siempre desde lo más bajo hasta niveles cada vez más altos, en una suerte de “escalera” imaginaria donde estaría prohibido volver la vista atrás, salirse del recorrido ya trazado, o desandar, aunque sólo sea un paso, el camino ya avanzado.

 

Y no cambia demasiado la cosa si esta idea es afirmada por los apologistas actuales del capitalismo, que quieren defender a toda costa la supuesta “simple superioridad” de este sistema sobre cualquier época del “pasado”, o si es afirmada por los marxistas vulgares  —no por los marxistas realmente críticos— quienes han pretendido enseñarnos que la historia avanza y tiene que avanzar, fatalmente, del comunismo primitivo al esclavismo, del esclavismo hasta el feudalismo, y de este último hacia el capitalismo, para luego desembocar, sin opción posible, en el anhelado socialismo y, tal vez después, en el comunismo superior. Una visión extremadamente simplista del progreso y de la historia, rechazada por el propio Marx (…).

 

Las palabras con que Estévez concluye su escrito me han desconcertado totalmente. Creí que la vista me traicionaba y limpié los espejuelos, pero nada, ahí continuaban, obstinadas e imprudentes: “Ah! La república! mi padre me hablaba de joven tanto de esa república, mientras me enseñaba la medalla de la clandestinidad que se ganó por contribuir a echarla abajo!”.

 

Lo que he aprendido de nuestra historia es que mucha gente luchó, en la clandestinidad y en la Sierra, por defender a la república y restaurar la constitucionalidad interrumpida por el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. Si el padre de Estevez contribuyó “a echarla abajo” debió ser un aliado del general Batista.

 

Como supongo que no se enorgullecería de algo así, mi hipótesis es que está mal redactado su texto y ahí le cabe la crítica al administrador del sitio de la ANPP, porque pedirle correcciones a PostCuba sería exigirle peras al olmo.

 

Con mucho respeto le sugiero entonces que arregle la desacertada afirmación, pues otros pueden pensar muy mal y afirmar que en el sitio que debe ser bastión de la defensa de la institucionalidad cubana se rinde culto a un batistiano.

 

A Luque y Estévez los espero en próximos debates, confiando en que, para variar, se preparen mejor.

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 “A ESTE PUEBLO QUISE SERVIR”

POR JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ-RUBINES, 2 AGOSTO, 2019

http://palabranueva.net/new/cardenal-jaime-ortega-servir/

 

Sobre el llamado de Dios, la vocación religiosa y su ministerio como arzobispo de La Habana, entre otros temas, habla el cardenal Jaime Ortega en esta entrevista, la última que le fuera realizada.

 

“El obispo es un sacerdote en plenitud y sirve hasta la muerte. Seguiré bautizando, confesando, confirmando, asistiendo a los enfermos, y celebraré diariamente la Santa Misa. El obispo, como sacerdote, no se retira nunca, deja un cargo de dirección”. Así se despedía aquella cálida mañana del domingo 8 de mayo de 2016, el cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino ante la considerable multitud que colmó la cátedra por él gobernada durante treinta y cinco años.

 

Habían venido, conocidos y anónimos, cubanos y extranjeros, para participar de la última misa que como arzobispo de San Cristóbal de La Habana oficiaría el casi octogenario, pero vital y elegante cardenal, quien por su labor diplomática y mediadora ocupaba un lugar sin dudas prominente en el estrellato político insular.

 

La entrevista contenida en estas páginas había comenzado su historia unos meses antes, cuando a las 10 y 45 del 1ro. de diciembre de 2015, mojado por la llovizna de un lunes invernal, atravesé el zaguán de la sede arzobispal en la antigua casona de la esquina de Habana y Chacón. En una amplia estancia del segundo piso con olor a madera y a siglos pasados, me recibió el entonces arzobispo y conversamos sobre historia de Cuba, política, marxismo, cultura y, por supuesto, religión.

 

Pero de esas tres horas y media nada puedo decir, porque fue el encuentro previo para una entrevista, “hecha por un joven cubano para los jóvenes cubanos” –según sus propias palabras– que por cuestiones diversas no se materializaría hasta hace muy poco y la cual, condenada como parece haber nacido, quedará irremediable y tristemente inconclusa.

 

Tras más de cuatro años de vaivenes, por fin la cita se concretó en uno de los pasillos del Palacio de Convenciones, después de escuchar al presidente de la Academia Pontificia para la Vida, monseñor Vicenzo Paglia. El encuentro casual con el ya enfermo cardenal Ortega dio como resultado esta entrevista.

 

Los sacerdotes hablan siempre de un llamado, el despertar de una vocación. ¿Cómo fue el suyo?

 

“No se da la vocación al sacerdocio, ni cualquier otra vocación laical o de consagración a la Iglesia sin que se produzca, ante todo, un encuentro personal con Cristo. Esto significa conocer a Jesús, entablar una relación con él, descubrir su realidad de hombre-Dios enviado por el Padre para nuestra salvación. Muchos cristianos que van a la Iglesia con frecuencia, que rezan sus oraciones diarias, nunca han tenido este encuentro personal con Cristo, sin el cual incluso algunos podrían creer que tienen vocación sacerdotal o religiosa, quizás porque les gusta el culto, la liturgia de la Iglesia, el uso de un hábito eclesiástico, o cualquier otro elemento. Pero descubrirán tarde o temprano que nada de eso constituye el llamado de Dios.

 

”Como muchos, fui bautizado de niño, a los cinco años en la Catedral de Matanzas. En mi familia había la fe tradicional católica, pero frecuentaban la Iglesia solo algunas veces en el año. Aprendí de memoria en mi casa un catecismo de preguntas y respuestas que fue muy popular, de san Pío X. Conocía quién era Jesucristo, pero lo sabía de la misma forma que sabía que la Luna giraba alrededor de la Tierra y la Tierra alrededor del Sol. Es decir, era solo conocimiento, pero no tenía que ver conmigo. A los catorce años me acerqué a la Juventud de Acción Católica, hice mi Primera Comunión y paso a paso fui haciendo mi encuentro personal con Cristo. Y, como te decía, sin este encuentro no se puede dar el llamamiento.

 

”Juan y Pedro se habían encontrado con Cristo, y otros discípulos también. Cuando Jesús pasó por la orilla del lago y los vio trajinando con las redes después de la pesca, dijo a Pedro: ‘Ven, serás pescador de hombres’, y a Santiago y Juan: ‘Síganme’, y ellos dejaron todo y se fueron con él, ya Jesús los conocía y sabía que servían para la misión, y ellos conocían a Jesús y sabían que su llamada venía de lo alto.

 

”Así es siempre la verdadera vocación, por eso somos capaces de dejar las barcas, las redes, la familia, las aspiraciones de éxito o de riqueza, y seguir personalmente al Maestro y Señor. En el conocimiento de Jesús entra el amor a él, nuestra confianza en él”.

 

Dónde fueron sus estudios antes de ser ordenado sacerdote?

 

“Estuve cuatro años en el Seminario San Alberto Magno, de Colón, en la provincia de Matanzas. Estudié latín, griego y filosofía, también hice el quinto año de Bachillerato en Letras, pues era bachiller en Ciencias. Después estudié cuatro años de Teología en el Seminario de Misiones Extranjeras, en Canadá, en la ciudad de Montreal. Era un excelente lugar, éramos unos ochenta seminaristas que estudiábamos Teología, con un gran acento en las Sagradas Escrituras y una vida de oración y de fraternidad inolvidables. De 1960 a 1964 viví aquella experiencia maravillosa, en tiempos difíciles, pues en la década del sesenta empezaron los grandes cambios del mundo que afectaban lógicamente a la Iglesia”.

 

Fueron tiempos muy complejos para la Iglesia cubana.

 

“Exacto. Con el drástico cambio revolucionario, la Iglesia se enfrentaba a situaciones nuevas y desafiantes: las escuelas católicas, que educaban a más de cien mil alumnos, fueron nacionalizadas y perdimos el acceso a ellas. Más de cien sacerdotes fueron enviados fuera de Cuba y otros muchos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos comprometidos con la Iglesia abandonaron el país.

 

”En el año 1964 regresé. Los Padres de las Misiones Extranjeras me ofrecían ir como sacerdote a Roma a hacer un doctorado y después enviarme a Filipinas o a algún seminario de América del Sur como profesor, pero yo quería volver a mi país”.

 

Son los años de las UMAP. Sé que no le gusta hablar mucho de eso.

 

“Realmente, no. En medio de las tensiones entre un sistema de tipo materialista y aquellos que en su vida tenían una fe religiosa, esto último fue considerado por algunos en la nueva sociedad como un lastre, algo del pasado que había que superar. Para esta ‘superación’ se crearon las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). En el caso de los creyentes, su intención era superar las ‘deficiencias de la fe’ por medio del trabajo manual agrícola y la disciplina militar. Surgieron campos de trabajo en las llanuras de lo que son hoy las provincias de Ciego de Ávila y Camagüey.

 

Allí fuimos enviados sacerdotes, pastores evangélicos de distintas congregaciones, seminaristas y laicos católicos y protestantes de toda Cuba, junto con lo que se dio en llamar en aquella época ‘lacras sociales’: expresidiarios, drogadictos, santeros, homosexuales, etcétera. A todos, los intentaban ‘reeducar’ por medio del trabajo en el campo.

 

”Ciertamente, fue una experiencia que ratificó la fe de la mayoría de los que la vivieron. Para mí, específicamente, me ayudó a un conocimiento profundo del ser humano en sus grandezas y en sus miserias, para ver cuánto había que hacer por nuestros hermanos cubanos, no a través de aquellos métodos, sino de la formación humana integral.

 

”Después de las UMAP, fui párroco de distintas parroquias de la provincia de Matanzas y en la ciudad, en las iglesias de Pueblo Nuevo y la Catedral. Allí me sorprendió el nombramiento para el obispado de Pinar del Río, diócesis que consideré, durante los tres años en los cuales fui su obispo, como una reserva moral de Cuba”.

 

De Pinar del Río pasó al arzobispado habanero.

 

“Por enfermedad del arzobispo de La Habana, solo a los tres años de ser obispo de Pinar del Rio, fui nombrado en 1981 como arzobispo de la capital, donde permanecí hasta la aceptación de mi retiro por el Santo Padre Francisco, en mayo de 2016. Es decir, durante treinta y cinco años me desempeñé como arzobispo de La Habana”.

 

Muchos identifican su episcopado como un período de acercamiento entre la Iglesia y el Estado cubano.

 

“Es cierto, pero las relaciones Iglesia-Estado deben ser planteadas a un nivel más amplio que el tiempo de mi episcopado. Pasados los años sesenta, y muy lentamente, se produjeron algunas mejorías en la relación, pero realmente después de las primeras visitas familiares de cubanos residentes en el exterior, a finales de la década del setenta y los acontecimientos del Mariel, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba convocó a una reflexión que abarcó toda la Isla, desde las iglesias más grandes de las ciudades hasta las más pequeñas capillas del campo.

 

Duró casi cinco años este fructífero proyecto que se llamó Reflexión Eclesial Cubana (REC) y preparó y organizó el ENEC (Encuentro Nacional Eclesial Cubano), que se celebró en el año 1986 con un enviado de la Santa Sede, el cardenal Eduardo Pironio, quien propuso cómo debía presentarse la Iglesia católica en el futuro de Cuba. Debía ser una Iglesia orante, encarnada y misionera”.

 

Cómo se explica eso?

 

“La Iglesia aceptaba la realidad de estar aquí –encarnada-, con su papel tradicional de rendir culto a Dios de modo abierto y público –que reza, orante– y, aunque su tarea propia es evangelizar, se había mantenido replegada, limitada al culto dentro de los templos, y ahora anunciaba que era una Iglesia misionera, que dejaba a un lado sus temores y repliegues, para abrirse al medio social. Por este punto, que parecía ser algo que alcanzar en tercer término, comenzó enseguida la Iglesia: a salir del templo, a vivir su misión y esto cambió la percepción que de ella tenía el pueblo y el Estado. Había muchas cosas que debían ser comprendidas por el Estado socialista y así, justamente por esto, se creó un diálogo que se amplió progresivamente.

 

”De tal modo que en la historia de la Iglesia en Cuba, el ENEC tuvo más impacto y resonancia que las visitas de los Papas, pues la visita del Papa san Juan Pablo II se produjo gracias a la apertura y al diálogo que se crearon a partir del ENEC. Estos acontecimientos coincidieron con el tiempo de mi episcopado en La Habana y facilitaron las relaciones Iglesia-Estado en la arquidiócesis, pero el diálogo se hizo cada vez más amplio y múltiple y se pudieron superar no pocos conflictos en el país”.

 

La mediación para la liberación de los presos políticos fue uno de esos conflictos, quizás de los más sonoros.

 

“Respecto a eso también puede decirse lo mismo acerca que de mi gestión episcopal, pues la Iglesia en Cuba, desde los tiempos posteriores al ENEC, se ha preocupado por los presos de todo tipo. Uno de los logros del ENEC ha sido precisamente las visitas a las cárceles, donde existe catequesis para los reclusos y celebración periódica de la eucaristía.

 

”La función mediadora de la Iglesia le viene dada por su misión de crear puentes, de reconciliar; tiene, dada por su Maestro y Señor, la misión de acercar y reconciliar, favorecer misericordiosamente al que sufre. Esta misión, que efectivamente pudiéramos llamar ‘mediadora’, la realiza la Iglesia siempre y cuando sea llamada a ella de manera especial y su respuesta se hace con disponibilidad y servicio.

 

”Así, ya en los años ochenta, durante el gobierno de George Bush (padre), una delegación de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba visitó el Departamento de Estado norteamericano y la Casa Blanca, pues el gobierno cubano pondría en libertad a un buen grupo de presos políticos si los Estados Unidos aceptaban recibirlos allí. La Iglesia católica norteamericana colaboró ampliamente y se obtuvo que más de 1 200 presos políticos y sus familiares fueran admitidos en Estados Unidos. El cardenal John O’Connor pagó y envió los vuelos que condujeron a este gran número de personas de La Habana a New York.

 

Años más tarde, a partir de las reclamaciones de las esposas y madres de los prisioneros políticos del año 2003 –las llamadas Damas de Blanco–, el general Raúl Castro me convocó el 19 de mayo de 2010 para buscar el modo de poner en libertad a los cincuenta y tres que quedaban del grupo de setenta y cinco. También se incluyó a todo el grupo de prisioneros considerados políticos, algunos con altas condenas, para que, aquellos que así lo desearan, pudieran salir de Cuba con sus familiares a Estados Unidos.

 

”Esa vez los norteamericanos no aceptaron y el ministro de Exteriores de España, Miguel Ángel Moratinos, brindó la posibilidad para que pudieran ir a ese país y se produjo el acuerdo. El presidente Raúl Castro me pidió que llamara personalmente a la cárcel a los presos y les preguntara si querían salir de Cuba para España con sus familiares más cercanos o preferían permanecer aquí. Fue un proceso de más de dos meses, pero al fin salieron progresivamente unos 135 presos que fueron a España con sus familiares, lo que sumó un total de más de mil personas. Un pequeño número de prisioneros decidió permanecer en Cuba”.

 

Ese fue un proceso muy seguido por el pueblo cubano, pero el más conocido y que pasará a la historia es, sin duda alguna, la mediación en el deshielo entre Estados Unidos y Cuba.

 

“Un proceso tiene relación con el otro. Esta última liberación de presos tuvo buena resonancia en los Estados Unidos, específicamente en el gobierno de Barack Obama, y constituyó el primer paso para el deshielo de las relaciones entre los dos países.

 

En el año 2011 fui a la Casa Blanca, después de entrevistarme con el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Arturo Valenzuela, quien me expresó la buena acogida que tenía por parte del presidente Obama esas liberaciones. Lo mismo me repitió al día siguiente, en la Casa Blanca, el asesor de Seguridad Nacional, general James Jones, cuando lo visité para pedirle que fueran admitidos los presos que estaban en España y que deseaban viajar a los Estados Unidos. En ese caso, accedió a que fueran solo veinte familias.

 

”A petición del Santo Padre, intervine en la mediación para mejorar las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Eso me hizo visitar personalmente al presidente Raúl Castro en La Habana y al presidente Barack Obama en la Casa Blanca. Este, al saludarme, lo primero que hizo fue felicitarme por mi intervención en la liberación de los presos políticos en el año 2010. Por esto afirmo que aquel había sido un paso muy importante en el mejoramiento de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

 

”En aquellas visitas, yo era portador de una carta personal del Papa para cada uno de los presidentes. Ya había entregado la del presidente Raúl Castro y entregué al presidente Barack Obama su carta, que él agradeció muchísimo diciendo que la intervención del Papa sería de gran ayuda para mejorar las relaciones. También fui portador de un mensaje personal de Raúl Castro para el presidente Barack Obama y este a su vez, envió a Raúl Castro, a través de mí, un mensaje también personal y esperanzador sobre el mejoramiento de relaciones.

 

”Todo lo demás pertenece al ámbito de la discreción y el secreto que hicieron posible que el Papa, verdadero mediador en este conflicto, lograra alcanzar el éxito de la negociación. En el libro que he escrito sobre este hecho tan importante (Encuentro, diálogo y acuerdo. El Papa Francisco, Cuba y Estados Unidos), doy al Papa el homenaje merecido por su mediación”.

 

Después de un episcopado tan lleno de hechos trascendentales, ¿qué balance haría?

 

“No me corresponde a mí hacer el balance de mi episcopado. Solo puedo decir que me sentí feliz de ser, primero, obispo de Pinar del Río, aunque por poco tiempo, y después arzobispo de La Habana durante tantos años, en los que viví una época difícil, pero interesante, y experimenté el afecto y el cariño de los habaneros. La ciudad de La Habana es para mí, lo mismo que la de Matanzas, mi lugar de referencia cordial. Mis treinta y cinco años en La Habana me identifican de modo especial con quienes declararon que esta es una Ciudad Maravilla”.

 

Nunca pensó irse de Cuba? ¿Ejercer su ministerio en otro lugar?

 

“Como sacerdote diocesano, fui ordenado para una diócesis de Cuba. La vocación sacerdotal para el clero diocesano se piensa siempre en relación con el pueblo del cual venimos y para el cual debemos trabajar. Yo no podía pensar mi vocación sino de ese modo, no tenía una vocación para ser sacerdote de la Iglesia en cualquier parte del mundo. El sacerdote diocesano no solamente sirve a su país, sino a esa porción de su pueblo que pertenece a una diócesis determinada.

 

”Cuando estudiaba en el extranjero, no podía dejar de pensar en el futuro apostolado en mi país, con mi pueblo, con sus virtudes y defectos. No concebía el desarrollo de mi ministerio en ningún otro lugar, sino aquí, como parte de esta Iglesia cubana, limitada y pequeña, pero llena de vitalidad espiritual y esperanza. Así pues, con bonanza o dificultad, a este pueblo quise servir”.

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                                  SUEÑOS URBANOS EN LA HABANA DE LOS 80

POR RAFAEL ROJAS, 5 AGOSTO 2019

https://www.letraslibres.com/mexico/arte/suenos-urbanos-en-la-habana-los-80?f

 

En los años finales de la Guerra Fría, una joven generación de arquitectos cubanos se propuso reinventar el espacio urbano. Una exposición en Barcelona rescata sus visiones.

 

En su diálogo Eupalinos o el arquitecto (1923), Paul Valéry definía la arquitectura como el arte de “la infinidad de causas imaginarias”. Según el escritor francés, el trasfondo racional, aritmético y geométrico, que la arquitectura solo compartía con la música, abría posibilidades inagotables para la construcción de formas en el espacio. La arquitectura, agregaba Valéry, es el único arte que, por estar obligado a responder a una “armonía material”, hace “vivir mil vidas maravillosamente prontas y fundidas en una”, lo mismo en la realidad que en la fantasía. La arquitectura, en resumidas cuentas, como arte material de la utopía y el sueño.

 

Una muestra reciente en el Palau de la Virreina de Barcelona, titulada La utopía paralela. Ciudades soñadas en Cuba (1980-1993) y concebida por el crítico y ensayista Iván de la Nuez y los arquitectos y artistas Juan Luis Morales y Teresa Ayuso (Atelier Morales), documenta que en La Habana, en los años finales de la Guerra Fría, una joven generación de arquitectos se propuso reinventar el espacio urbano. Lo hicieron en medio de una impresionante efervescencia de las artes visuales, que los integraba y a la vez los relegaba, y convencidos de las pocas posibilidades de edificación de sus experimentos urbanísticos.

 

La muestra ilumina un ángulo nublado de la revuelta de la plástica de los 80: la arquitectura. En estudios clásicos sobre el arte cubano de aquella década, como New art of Cuba (1994) de Luis Camnitzer o To and from Utopia in the New Cuban Art (2011) de Rachel Weiss, aquel movimiento arquitectónico no se registra. De la Nuez y Atelier Morales se encargan de poner las cosas en su sitio en la Virreina: los arquitectos estuvieron siempre allí, desde el mismo año de 1980, interviniendo en aquella década deslumbrante que produjo hitos del arte cubano y latinoamericano como la exposición Volumen I, la Segunda y Tercera Bienal de La Habana, el grupo “Arte Calle” o el proyecto Castillo de la Fuerza.

 

“Arte en la Fábrica”, Florencio Gelabert, Juan Luis Morales y Rosendo Mesias, 1984

 

Aquellos arquitectos (Juan Luis Morales, Teresa Ayuso, Francisco Bedoya, María Eugenia Fornés, Enrique Alonso, Rafael Fornés, Emilio Castro, Gilberto Gutiérrez, Teresa Luis, Oscar García, Rosendo Mesías, Eliseo Valdés, Nury Bacallao, Emma Álvarez Tabío, Rolando Paciel, Gilberto Seguí, Patricia Rodríguez, Lourdes León, Daniel Bejarano…) intentaron cosas insólitas en la Habana soviética.

 

Un emisor de mensajes lumínicos en el faro del Morro; unas fuentes marinas en los arrecifes del Malecón; un Congódromo en la ruta del Carnaval habanero, entre el Prado y el Parque Maceo, en homenaje a Chano Pozo e inspirado en el Sambódromo de Oscar Niemeyer en Río de Janeiro – lo que sí se construyó años después fue un Protestódromo, frente a la actual embajada de Estados Unidos, escenario de la “batalla de ideas” de Fidel Castro–; un rescate integral del art déco de Centro Habana y el Vedado –frente a la concentración del plan restaurador en el casco colonial–; y una gran celebración del bicentenario de la Revolución Francesa, mientras el muro de Berlín caía en cámara lenta.

 

Como los artistas plásticos, los arquitectos tenían sus propios ídolos en la tradición arquitectónica de la isla. Algunos, como Ricardo Porro, Antonio Quintana o Fernando Salinas, provenían del periodo prerrevolucionario, y otros, como el norteamericano Walter Betancourt y los italianos Roberto Gottardi y Vittorio Garatti, se habían trasladado a Cuba, atraídos por la promesa de la Revolución. Esos arquitectos protagonizaron, desde fines de los 60, una admirable resistencia estética contra el hiperfuncionalismo colectivista de la planificación soviética, que se quería trasplantar. Porro, Gottardi y Garatti habían sido los creadores de las míticas Escuelas Nacionales de Arte, en el antiguo Country Club de La Habana, un proyecto que quedó inconcluso en 1965.

 

Aquellas escuelas y el teatro isabelino de Betancourt en Velasco, pequeño pueblo rural de Gibara, en la provincia de Holguín, han quedado como testimonios de la imaginación arquitectónica bajo el socialismo tropical.

 

En una obra de Morales y Ayuso, titulada La ciudad invisible. Italo Calvino (1990), los arquitectos proponían una suerte de historieta donde, a partir del texto Las ciudades invisibles (1978), del escritor italiano, se ambientaba un diálogo entre Marco Polo y Gengis Kan en la Cuba de la Guerra Fría. El cómic estaba ilustrado con imágenes de una Habana exquisitamente reconstruida, con todos los edificios del Malecón en perfecto estado, y la zona del Parque Central y el Capitolio de La Habana como recién hecha. En un momento de la historieta, el Gran Kan y Marco Polo hablan de las “pesadillas y maldiciones” que acechan las ciudades en el mundo.

 

Los arquitectos aprovechan para zanjar claramente el dilema: o se seguía en el camino de la homogeneidad funcionalista o se recuperaba la ruta de las Escuelas de Arte y el modernismo cubano.

 

“La Ciudad invisible Italo Calvino”, Juan Luis Morales y Teresa Ayuso, Cuba, 1990

 

En uno de los textos de la muestra, Iván de la Nuez señala algo revelador: aquellos arquitectos estaban tan afincados en el contexto global de la Guerra Fría que se interesaron en Guantánamo como “última frontera” del mundo bipolar. Allí, específicamente en el municipio de Caimanera, donde está ubicada la base naval de Estados Unidos, proyectaron una “urbanización del deshielo”, que desafiaba, paralelamente, el desarrollismo soviético y el estadounidense. La apuesta por una estetización de la arquitectura, que los llevaba a afirmar el magisterio de Frank Lloyd Wright, Le Corbusier, Gaudí o Michael Graves, no los hacía ajenos a las demandas del bien común en el Caribe.

 

Al igual que en la gran muestra Adiós Utopía. Arte en Cuba desde 1950 (2017) de la Fundación Cisneros Fontanals (CIFO), en Houston y Minneapolis, esta exposición en Barcelona coloca lo utópico en el centro del arte cubano de los 80. Tienen razón los artífices de ambos proyectos: aquella década fue la última en que la utopía signó plenamente la producción cultural cubana. La imaginación de tiempos y espacios alternativos fue entonces una práctica cotidiana de las artes en la isla, en buena medida, porque se vivía dentro de una revolución transnacional, la de las juventudes de América Latina y Europa del Este contra las dictaduras militares y los regímenes del socialismo real.

 

La utopía paralela es más precisa al localizar el cierre de ciclo de aquella experimentación a principios de los años 90, cuando el Estado cubano y sus instituciones culturales sofocan la revuelta estética por diversas vías. El discurso oficial, que siempre confunde lo ideal y lo real, dio entonces con una narrativa que invertía los valores que movilizaban a los jóvenes artistas y arquitectos desde 1980.

 

La utopía, según la burocracia, no eran esas ciudades soñadas y nunca construidas, que vislumbraban comunidades postmodernas. La utopía eran el mismo socialismo y la misma Revolución, que debían ser salvados de la ola democratizadora global.

 

El sentido último de La utopía paralela supone un mensaje irónico: un grupo de arquitectos jóvenes, conscientes de que el poder asume la realidad como la única utopía posible, y de que cualquier proyecto alternativo de ciudad no será realizable, edifican otra utopía imaginaria, devolviendo a la arquitectura esa condición onírica que le atribuía Valéry: una utopía bajo la otra, una infrautopía. Treinta años después, aquellas ciudades soñadas en La Habana de fin de la Guerra Fría, vuelven a la realidad, como arte, en un museo de Barcelona.

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         LO QUE DEBERÍA HABER PLANTEADO EL PROYECTO DE LEY DE PESCA

POR ELOY VIERA CAÑIVE,  JUN 3, 2019

https://eltoque.com/lo-que-deberia-haber-planteado-el-proyecto-de-ley-de-pesca/

 

Cuba es un archipiélago del cual la mayor de sus islas es larga y estrecha y el punto más distante del mar no rebasa los 100 kilómetros. A pesar de eso, los productos del mar no forman parte de la comida diaria del cubano promedio.

 

Un estudio que sirvió de base a la Fundamentación del Proyecto de Ley de Pesca, discutido por los parlamentarios cubanos entre los días 27 de marzo y 4 de abril del 2019, afirma que el consumo per cápita anual de pescado en Cuba disminuyó de 16 kilogramos en 1989 a 4,3 kilogramos en 2014.

 

De acuerdo con el Estado Mundial de la Pesca y la Acuicultura en el 2018, publicado por la Organización de la Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Latinoamérica tiene el menor consumo per cápita de pescado del mundo entero con solo 9,8 kilogramos por año.

 

Los cubanos estamos muy por debajo de la media del continente.

 

Muchos son los factores que han influido en la reducción. Uno de ellos es la sobreexplotación y la utilización, durante mucho tiempo, de métodos irresponsables de pesca en toda la plataforma marítima cubana. Las 54 especies que se pescan en el país se han reducido en los últimos cinco años en un 44%, según explica la  Fundamentación del proyecto.

 

Según las declaraciones, el objeto de la futura Ley de Pesca es contribuir a la soberanía alimentaria de la nación, a partir del establecimiento de regulaciones que “ordenen, administren y controlen la pesca”. La norma apunta al control de la pesca como solución para la ausencia de productos del mar en el mercado cubano. Implícitamente, busca controlar fundamentalmente a los pescadores privados, sobrevivientes de la crisis del sector pesquero en el país.

 

A pesar de lo evidente e, incluso, del reconocimiento oficial de que el panorama no mejorará en los próximos tiempos, el Proyecto de Ley no ofrece pistas claras sobre cómo acercar el pescado a la mesa de los cubanos. El texto regula nuevas modalidades de pesca, anuncia la aprobación de la figura del pescador por cuenta propia y la destrucción de las embarcaciones de la flota pesquera estatal que no cumplen con los estándares para un desarrollo sustentable de la pesca.

 

De igual forma, apela al aumento de los mecanismos de coacción y coloca en normas complementarias, elementos trascendentales como el sistema contravencional y los procedimientos para el otorgamiento o limitación de las autorizaciones de pesca. El Proyecto se encuentra estructurado en cuatro capítulos y establece, a diferencia de su predecesor el Decreto Ley 164, solo los principios generales por los que se regirá la actividad pesquera. Entre sus principales anuncios y regulaciones se encuentran las siguientes:

 

  1. Se adecúan las modalidades de pesca:

 

Hasta el momento existían las clasificaciones de pesca comercial, o sea, la que podían realizar las entidades empresariales especializadas; la que se practicaba para el autoconsumo sin posibilidades de comercialización y la que se practicaba con otros fines diferentes al consumo humano como la artesanía o la extracción de sustancias químicas.

 

A partir de la aprobación del Proyecto, la pesca comercial se dividirá en comercial “estatal” y “no estatal”, a la cual también denominan en la Fundamentación “pesca comercial privada”. Se anuncia como un logro la aprobación de la figura del pescador por cuenta propia, la cual hasta el momento ha sido tolerada, aun sin estar legalizada.

 

A pesar del reconocimiento como “privados” en la Fundamentación, los pescadores considerados como tal son catalogados en el Proyecto como “no estatales”. Como parte de la propuesta se anuncian, además, sin detalles sobre su implementación, nuevas relaciones entre estos y las entidades estatales.

 

  1. El eufemismo detrás del pescador por cuenta propia:

 

Los promotores del Proyecto afirman que la decisión de reconocer la actividad “no estatal” persigue “fomentar fuentes de empleo, proveer protección al establecerles un régimen de seguridad social y disminuir la pesca ilegal instrumentando nuevos mecanismos para las relaciones entre las entidades estatales y los pescadores privados”.

 

Sin embargo, la decisión no crea nuevos puestos de trabajo; ofrece vías para que las 2 mil 500 personas que se dedican actualmente a la pesca ilegal puedan legalizarse y para que los 18 mil 638 que realizan la “pesca comercial privada” —no reconocida como labor independiente en la legislación vigente, pero sí admitida por el Estado y cuyos exponentes mantienen relaciones contractuales casi obligatorias con empresas estatales— puedan recibir las garantías de la seguridad social derivadas del trabajo por cuenta propia.

 

  1. Epitafio de la flota pesquera estatal:

 

En Cuba existen 9575 embarcaciones y cerca de 39 000 personas se dedican a pescar en la plataforma marina cubana. De ese número, solamente 3 mil 376 son pescadores estatales.

 

La Fundamentación deja claro que no hay soluciones inminentes para la depauperada flota pesquera cubana. Por el contrario, se anuncia la eliminación de los restos de lo que fuera una de las flotas pesqueras más grandes del continente. A pesar de reconocer la imposibilidad estatal de asumir los compromisos productivos de antaño, no se ofrecen soluciones para los principales problemas que enfrenta el sector privado, único capacitado en la actualidad para acercar el pescado a la mesa de los cubanos.

 

No se menciona nada, por ejemplo, sobre la flexibilización de la comercialización ni la eliminación de la intermediación del Estado en esos menesteres. Tampoco se anuncian nuevas políticas que favorezcan la modernización o sustitución de las embarcaciones privadas, tan o más necesitadas de reformas que las estatales, o de los implementos de pesca.

 

  1. Coacción vs producción:

 

El Proyecto y la Fundamentación no apelan a cualquier sistema de control sino a uno basado en la coacción. En ese sentido, autoriza la intervención para acciones de prevención y enfrentamiento, no solo de la Oficina Nacional de Inspección Estatal del Ministerio de la Industria Alimenticia, sino también a las Tropas Guardafronteras y otras dependencias del Ministerio del Interior.

 

Se ha decidido, como ya es común en Cuba, utilizar la coacción y el control como el principal elemento para paliar una situación con un fundamento económico fuera de cualquier discusión. Los legisladores apelan al control solo después de que se ha producido la depauperación de la industria pesquera cubana y el control de los actores estatales está garantizado no por los efectos de la legislación, sino por sus maltrechas condiciones materiales.

 

La que fuera una de las flotas pesqueras más grandes del continente y que empleara por muchos años, tanto dentro como fuera de la plataforma marina cubana, medios masivos y poco sostenibles de pesca como los chinchorros, es hoy solo un espejismo.

 

De acuerdo con un reporte publicado en el periódico Granma en 2014, en los ochenta Cuba destinaba 200 mil toneladas anuales de pescado a la comercialización. Aproximadamente la mitad provenía de capturas realizadas en aguas no sometidas a la jurisdicción nacional. El texto también reconoce que en el año de su realización, solamente se dispusieron de unas 37 mil toneladas, provenientes todas de la acuicultura y de la pesca en la plataforma nacional.

 

A la par de la reducción de las especies y la desaparición del soporte material de la pesca, se redujeron los niveles de capturas: los de pescado en un 75% y los de camarón y langosta en un 90 y 65%, respectivamente. Ante esta situación, las importaciones que debieron haber suplido la demanda ante la falta de producción nacional, también disminuyeron. En el año 2013 solo se importaron 5 000 toneladas de pescado y un tercio de esa cantidad fue destinada al turismo.

 

  1. Normas complementarias no analizadas por los diputados contienen los elementos trascendentales:

 

Muchos de los elementos analizados en la Fundamentación, documento que teóricamente responde a los contenidos del Proyecto, no encuentran respaldo en este.

 

Se anuncia que se regulan los “mecanismos para la concesión de las autorizaciones de pesca” y “los requisitos, condiciones y limitaciones”. Sin embargo, esos elementos al parecer se recogerán en el Reglamento de la norma, que será un Decreto del Consejo de Ministros; pues en lo que a la ley respecta, esos elementos no están descritos en el borrador.

 

En ese propio Decreto se recogerá el sistema de contravenciones (acciones prohibidas, no consideradas delitos) de notable impacto social, sobre todo por las afectaciones e indefensiones que el sistema vigente regulado en el Decreto Ley 164 ha generado en la ciudadanía cubana (como el decomiso de vehículos que las autoridades consideran implicados en transporte de productos del mar).

 

  1. Imprecisiones con relación al destino de los vehículos:

 

El decomiso de vehículos que las autoridades consideren vinculados al traslado de productos del mar, en muchas ocasiones arbitrariamente, ha sido una situación común al aplicar el actual sistema contravencional de la pesca.

 

El Decreto Ley 164 permite el decomiso de los bienes implicados en las infracciones, sin aclarar si tienen que ser propiedad del infractor. Amparadas en esa vaguedad, las autoridades de la Oficina de Inspección Pesquera han decomisado vehículos pertenecientes a terceras personas no relacionadas con las infracciones y que no cuentan con los mecanismos para reclamar sus inconformidades ante los Tribunales. El jefe del funcionario que impone la sanción es el único y último facultado para conocer de los recursos.

 

Al parecer, las inconformidades con el tratamiento de los vehículos ha llevado a los promotores del Proyecto a pronunciarse especialmente con relación a su tratamiento en el nuevo sistema contravencional. Pero, igualmente, la forma en la que lo han hecho está marcada por las imprecisiones técnicas.

 

Se establece que los decomisos de vehículos derivados de la aplicación del sistema contravencional se regirán por lo dispuesto en el Decreto Ley 313. Esta norma jurídica nada tiene que ver con el decomiso de bienes, sino con la Zona Especial de Desarrollo de Mariel.

 

Los promotores del Proyecto en una evidente equivocación intentaron hacer referencia al Decreto 313, que tampoco regula los casos y los procedimientos en los que proceden los decomisos de bienes muebles, sino el tratamiento que debe dársele una vez que sean declarados en depósito.

 

Los bienes solo se declaran en depósito cuando están en espera de la solución definitiva de procesos administrativos o judiciales. Las causas de esos procesos y los mecanismos de defensa de los implicados deben ser establecidos por la norma que rige la materia, que en este caso es el Proyecto o su Reglamento, pero en ningún caso el Decreto 313.

 

El plan: esperar

 

El Proyecto apela al desarrollo sostenible de la actividad pesquera y al fortalecimiento del control. Para ello pretenden reducir el número de licencias de pesca para disminuir la explotación y permitir la recuperación de los recursos a largo plazo.

 

De este planteamiento se desprenden dos interrogantes fundamentales que debieron haber sido discutidas por los diputados y consecuentemente informadas a los electores: ¿Cuán afectados están los recursos pesqueros cubanos? y ¿Cuáles son las causas de esa afectación?

 

De acuerdo a la Fundamentación, se hizo un estudio en 2016 —cuyos resultados los electores no conocemos. Será que a la luz de ese estudio están tan depauperados nuestros recursos marítimos que, incluso luego de haber reducido las capturas en números muy significativos, atendiendo al estado de la flota cubana, ¿es imprescindible continuar limitando el número de autorizaciones? ¿Cómo se entiende que se haya anunciado la creación del pescador por cuenta propia como solución al futuro de la pesca cubana y, al mismo tiempo, se anuncie la reducción del número de autorizaciones?

 

Aspiramos a que algún día los diputados cubanos puedan debatir e insistir en las respuestas. Mientras ese momento llega, los cubanos seguiremos esperando por el pescado.

 

ELOY VIERA CAÑIVE (Cienfueguero ausente. Graduado de Licenciatura en Derecho en 2011. Abogado de la Organización Nacional de Bufetes Colectivos hasta 2017. Director legal del Colectivo+Voces. El Derecho sigue siendo mi esperanza, pero he renunciado a ser un abogado que solo recomienda paciencia y fe.)

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COCINA, RESTAURANTES Y AMBIENTES SONOROS

POR JOSÉ ANTONIO MICHELENA, 21 MAYO, 2019

http://palabranueva.net/new/cocina-restaurantes-y-ambientes-sonoros/

 

Hace siete décadas, aludiendo a una opinión circulante en la ciudad, José Lezama Lima expresó en una crónica: “En lo que ya alguien ha llamado lugares comunes de segundo grado, se oye: en La Habana no hay un sitio donde conversar, un café arquetipo, sin ruido y donde entre sorbos se pueda hablar de la teoría de las ideas o de los colores…”.

 

Como muchos de los textos incluidos en Tratados en La Habana, aquella crónica, en lo esencial, tiene vigencia. La capital de la mayor de Las Antillas comparte con muchas otras ciudades del Caribe ese ambiente ruidoso, poco propicio para la conversación, que penetra en los espacios públicos –restaurantes incluidos– y se adueña de ellos. Porque hay una falsa idea de lo cubano que asocia lo bullanguero con nuestra identidad, como si en la Isla siempre viviéramos de fiesta, bailando rumba y tocando maracas. No es nada nuevo, pero en los últimos años ha tomado forma de epidemia y se ha extendido hasta lo intolerable.

 

Escenario favorito para el jolgorio carnavalesco es la zona más antigua de la urbe, la cual está invadida, a cualquier hora, por todo tipo de buscavidas tras las oleadas de turistas que la recorren. El son, la guaracha y la infaltable Guantanamera son maltratados de manera constante y sin contemplaciones por improvisados músicos callejeros.

 

Lejos quedaron los tiempos en que podías ir a La Bodeguita del Medio y escuchar a Carlos Puebla o al trío Taicuba, ver cómo Varilla te preparaba un mojito y hasta conversar con Martínez mientras paladeabas los frijoles negros, las masas de puerco y la yuca con mojo. Más enterrado aún está el recuerdo de Bola de Nieve actuando en Monseigneur. Tan lejano como El Chori tocando en los bares de Playa.

 

Como es conocido, la antigua red de restaurantes que había en La Habana hasta 1990 ya no existe. Algunos de los sobrevivientes solo conservan el nombre, pero no su alma. El Polinesio, El Mandarín, La Torre, El Conejito, El Emperador… solo habitan en la nostalgia. Y allí siempre aparece la comida.

 

Recordemos que la comida cubana, representada por su plato más típico, el ajiaco, constituyó el símbolo utilizado por Fernando Ortiz en su clásica conferencia de 1939 en la Universidad de La Habana, “Los factores humanos de la cubanidad”. Pero, ¿saben las últimas generaciones cómo se prepara un ajiaco? ¿Conocen su sabor? Por supuesto que no.

 

Hace muchos años que fue sustituido por ese plato que llaman caldosa, en el cual entra cualquier tipo de alimento, sin orden ni concierto, sin respetar los tiempos de cocción como debe hacerse en el ajiaco. Curiosamente, la caldosa está asociada con celebraciones comunitarias, por tanto suele estar acompañada de resonantes altavoces que pregonan el entusiasmo sonoro en muchos metros a la redonda.

 

La comida y los nuevos tiempos

 

La comida ha devenido tema recurrente en las investigaciones sociales. Cientos de artículos se publican diariamente sobre alimentación y salud. En tanto la obesidad se ha convertido en amenazante epidemia, adelgazar es una obsesión para los pasados de libras, así que todo tipo de dietas y ejercicios proclaman ser lo ideal para tener el peso adecuado.

 

En los nuevos relatos alimentarios, la carne, el pan blanco, el azúcar, los lácteos, las grasas, protagonizan papeles de villanos frente a las bondades del pescado, las frutas, los vegetales. Según esos preceptos, la dieta mediterránea es la panacea universal para estar sano y ser feliz.

Sin embargo, esa obsesión por la comida sana pasa a un obligado segundo plano bajo el imperativo de la economía. Para quien está sumido en la escasez financiera el problema no es comer sano, sino comer, sin pretensiones. Y aterrizando en la Isla, recordamos el dicho popular que reza: “en Cuba solo hay tres problemas: el desayuno, el almuerzo y la comida”. Entre una pizza y un aguacate (que tienen el mismo precio) apenas hay alternativa.

 

Decenas de cafeterías, paladares, restaurantes, se han ido estableciendo en la capital. En no pocos hay un variado menú que combina, con acierto, la cocina cubana con la internacional; incluso, con un agradable ambiente sonoro que respeta a los clientes, que no impide el flujo conversacional. Pero es necesaria una mayor accesibilidad de la población a estos lugares, para que así como antes podías ir a comer pollo a la barbacoa en El Polinesio, paella en Taramar, arroz frito en El Mandarín, o lechón asado en El Cochinito, puedas saborear ahora un camarón al ajillo sin desangrar tu economía. Para la gran mayoría, esos espacios no existen.

 

En los ochenta del pasado siglo, los bares de El Conejito y La Torre, uno frente a otro, se disputaban la suprema excelencia del ramo. Desde su altura, el segundo era sitio predilecto del romance, mientras el primero acaparaba a los contertulios del universo cultural. Y cómo olvidar al inefable restaurante Moscú, con su barra gigantesca, su siempre animada pista de baile, sus variados salones, su exquisito (y barato) menú. En el fuego que lo consumió, ardió una época: La Habana no ha vuelto a tener algo similar.

 

Distante en el tiempo, en Las Sombrillitas de Prado, la conversación y la música tenían una cita cada noche, sin estridencia, en una zona de confort que han perdido los espacios públicos más populares.

 

Pero como dice doña Augusta en Paradiso –mientras destapa la sopera donde humea una cuajada de sopa de plátanos–: “hay tantas cosas que nos gustaron de niños y que sin embargo no volveremos a disfrutar”.

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            VENTAJAS DE TRABAJAR EN EL SECTOR PRIVADO, SEGÚN CUENTAPROPISTAS

POR LEYDIS LUISA HERNÁNDEZ MITJANS, Mayo 28 2019

https://eltoque.com/ventajas-del-sector-privado-en-cuba/

 

Jornadas de más de ocho horas. Empleados sin contrato. Despidos injustificados. Discriminación. Estos y otros elementos de violación de los derechos laborales, refrendados en el Código de Trabajo de Cuba, son una realidad en no pocos establecimientos no estatales. Los debates sobre el tema se simplifican a la fórmula Estado/Derechos vs. Privado/Dinero. Sin embargo, otras experiencias demuestran que trabajar en el sector privado también tiene ventajas.

 

Joan no imaginaba, diez años atrás, que su vida daría este giro. Es graduado de Psicología en la Universidad de La Habana pero hace una década se convirtió en cuentapropista. “Me inicié en el sector gastronómico, después estuve como ayudante de artesano y más tarde retorné a la gastronomía”. En El Fígaro, un restaurante en La Habana Vieja, ha estado durante seis años y afirma sentirse realizado. “Aquí somos como una familia e, incluso, siento que practico la Psicología, aunque de otra manera”.

 

Sobre las condiciones laborales en ese negocio, agrega que todos poseen contrato laboral y que el pago es mensual. “Sinceramente, la primera ventaja que uno adquiere es la económica. Tienes acceso a la moneda fuerte y, por lo general, lo tienes diariamente”, dice en referencia a las propinas de los clientes.

 

Sin embargo —explica­— no todos los beneficios son monetarios. Como cuentapropista “he podido ampliar mi rango de amistades, he conocido a muchas personas de todo el mundo; también, ha influido en mi área afectiva y cultural”.

El sector privado y la tranquilidad de algunos

 

Jorge Luis Delgado —también del sector gastronómico privado— coincide con Joan en muchos aspectos. Aunque para él, quien trabajó diez años para el Estado, la mayor mejoría no ha sido la económica. “Soy técnico medio en Electrónica. Además, estudié Caja Registradora, Marketing, Inglés y Gestión de ventas. Primero trabajé en la Base de Almacenes de CUBALSE, después en las tiendas y cuando se desintegró la empresa, pasé a las TRD hasta que, bueno, no se pudo trabajar más para el Estado por tanta presión y tantas preocupaciones”.

 

Aunque Jorge afirma que nunca tuvo “problemas”, en 2017 apostó por una alternativa que, a su juicio, le ha dado más seguridad. “Mi práctica como cuentapropista ha sido muy buena, me siento respetado y, sobre todo, tranquilo”. De acuerdo a sus criterios, trabajar en los establecimientos estatales genera una amenaza demasiado fuerte. “Es un escenario donde las cosas cambian de un día para otro y cualquier error puede costarte ir preso, aunque hasta ese momento hubieses sido un empleado ejemplar”.

 

Sobre su actual actividad, cuenta: “llego todos los días a mi casa con la cabeza tranquila, seguro de que nada (malo) va a suceder. Creo que ese es el mayor beneficio de haberme vinculado al trabajo privado. Además, el salario es mucho mejor y he evolucionado como profesional”.

 

Hoy Jorge es cajero del restaurante Barbra, ubicado en Centro Habana. Tiene dos días de trabajo por dos de descanso, un salario mensual y agrega: “los dueños del establecimiento me tratan a mí y a mis compañeros con respeto y consideración”.

 

Entre las ideas que originan los constantes debates sobre el trabajo privado o estatal, una de ellas — reflejada por José Luis Martín— se reitera de diferentes maneras en varios espacios: “el empleo privado provee mucha mayor remuneración, no pocas veces con acceso a la moneda convertible o a sus montos equivalentes. Se confrontan entonces dos precariedades: la del trabajo de los espacios estatales por insolvencia del salario real y la de los espacios no estatales —sobre todo el privado— por inseguridad.

 

Precisamente, en los últimos meses, la adversidad del escenario internacional y la escasez de alimentos en el país han provocado que muchos auguren el cierre de varios negocios privados, sobre todo los relacionados con la gastronomía. No obstante, a Jorge y a otros, esta situación no les preocupa demasiado.

 

“Mira, lo más malo que puede suceder es que pierdas el empleo o que cierre el negocio, pero bueno, si algo de eso ocurre, buscas otro trabajo y punto. Yo, hasta ahora, no me siento inseguro ni desprotegido. Cuando uno quiere trabajar las oportunidades aparecen y mientras sean honradas, yo las tomo”, asegura Jorge.

 

Más allá de la gastronomía

 

Más de 590 mil cubanos trabajan hoy en el sector privado, cifra que representa alrededor del 13 % de la fuerza laboral del país. Desde el año 2010, cuando inició la “apertura” del trabajo por cuenta propia, el número de empleados no ha dejado de crecer, pese a los incontables obstáculos que han debido —y deben— superar quienes deciden emprender la vida laboral bajo reglas y escenarios diferentes a los que impone el Estado.

 

Para la mayoría de ellos, el riesgo de “enfrentarse a lo nuevo ha valido la pena”.

 

Orlando Landrove es graduado de Telecomunicaciones y Electrónica en la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría, CUJAE. Él no solo decidió convertirse en emprendedor, sino que apostó por “el comercio electrónico” en un escenario tan adverso como Cuba, que continúa desconectada pese a las cada vez más crecientes posibilidades de acceso a Internet.

 

“El comercio electrónico es una realidad a nivel mundial. Y, a pesar de que las condiciones en el país todavía no son las óptimas para este tipo de idea, pensamos en hacer algo que acercara esa realidad al cubano”. Orlando es parte del equipo de desarrollo del sitio web y la aplicación Llegoati: “un espacio digital a través del cual los artesanos pueden exponer sus productos; una especie de stand virtual. A través de la plataforma, el público tiene un “mercado” unificado en el cual puede ver las diferentes manifestaciones artesanales, desde la PC o el teléfono móvil”, explica.

 

El proyecto, hoy hecho realidad, tiene un año, es libre de costo y fue diseñado para que los propios artesanos accedan al sitio y promuevan sus productos o servicios. Llego a ti, además, posee una asistencia de mensajería que, por ahora, está disponible solo en la capital.

 

Orlando reconoce que “trabajar de manera independiente es un reto, porque todavía el sector privado, y en específico el relacionado con el desarrollo de software y tecnología, no tiene todas las condiciones creadas para ofrecer un servicio lo más integrador posible”.

 

No obstante, comenta: “a casi todos los que estamos haciendo este tipo de trabajo nos gustan los retos y las dificultades no las vemos como algo que te deprima, sino como un obstáculo a superar o un acicate para resolver el problema”.

 

En su caso, la experiencia como emprendedor lo ha redimensionado como ser humano, le ha aportado evolución psicológica, nuevas herramientas y conocimientos sobre tecnología y marketing, profesionalidad: “y, por supuesto, mayor experticia en todo lo que hago”.

 

Sentirse satisfecho también es importante

 

De manera similar piensa Magdalena Martín, quien hace cinco años decidió ejercer por cuenta propia el oficio familiar al que ha dedicado buena parte de su vida: la costura. “Yo opero bajo la licencia de modista y hasta ahora he logrado que los clientes estén satisfechos con mi desempeño”.

 

Para ella, las ventajas de emprender son claras: trabaja en casa, tiene el control de su tiempo y libertad para crear, puede contratar empleados, además de obtener una ganancia monetaria mayor que en el sector estatal.

 

Magdalena, del mismo modo que la mayoría de los trabajadores privados, debe enfrentar los problemas del acceso a la materia prima. “Yo quisiera pertenecer al Fondo de Bienes Culturales, porque eso me permitiría importar las telas y, aunque llevo años en ese proceso, aún no lo he conseguido, no obstante, continúo con las esperanzas”.

 

Ella también asume los obstáculos como retos y elige permanecer bajo una forma de empleo en la cual le gusta lo que hace y cómo lo hace. “El sentirse a gusto y realizado también cuenta”, dice una maestra de primaria que hoy ejerce como repasadora particular y pidió permanecer en el anonimato. De acuerdo con estas experiencias, la posibilidad de un mejor ingreso es fundamental pero no el único elemento para optar por el emprendimiento y mantenerse en el sector privado.

 

Al respecto, el periodista Roberto Alfonso sostuvo: “Que hoy más de medio millón de cubanos (alrededor de 580 mil) se desempeñen en varias de sus modalidades (del sector privado), no deja margen a dudas sobre su impacto y despunte en medio de cambios constantes”.

 

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Publicado el agosto 8, 2019 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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